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La reapertura de escuelas no puede esperar

MANILA/BANGKOK – Ya muy entrado el segundo año de la pandemia de COVID‑19, la reapertura segura de las escuelas se ha vuelto una prioridad urgente. Asistir a la escuela es crucial para las perspectivas educativas y de vida de los alumnos. El costo a largo plazo (individual y social) de mantener las escuelas cerradas es excesivo y no admite justificación en forma permanente.

Los datos reunidos desde el inicio de la pandemia muestran que la COVID‑19 no es muy peligrosa para los niños, y que las escuelas no son factores de transmisión dentro de la comunidad circundante. También hemos acumulado mucho conocimiento sobre cómo reducir los riesgos para alumnos, docentes y familias. Debemos usarlo para acelerar la reapertura segura de las escuelas y así proteger el futuro de los niños.

Los cierres de escuelas prolongados tienen un impacto considerable no sólo en el aprendizaje y en las perspectivas de ingreso futuro de los alumnos, sino también en su salud física y mental. Aunque la educación virtual puede dar cierta continuidad al aprendizaje en algunos casos, no es sustituto de la asistencia en persona. Además, sigue habiendo enormes desigualdades en el acceso a la educación virtual, que perjudican sobre todo a los niños más desfavorecidos (entre ellos discapacitados, migrantes y miembros de minorías excluidas).

La evidencia empírica muestra que desde el inicio de la pandemia se produjo un incremento de casos de ansiedad, depresión y conductas autodestructivas entre niños de edad escolar. La inasistencia a clases también genera soledad, dificultad para concentrarse y altos niveles de ansiedad del aprendizaje, y estos problemas empeorarán cuanto más se prolonguen los cierres de escuelas.

Otros resultados negativos han sido una reducción de la actividad física, malos hábitos de alimentación y pautas de sueño irregulares. Para algunos niños, pasar más tiempo en casa aumentó la exposición a violencia doméstica (así como pasar más tiempo delante de las pantallas aumentó el riesgo de sufrir abuso en línea). Y al estar las escuelas cerradas se pierde un lugar fundamental donde identificar e informar casos de maltrato y problemas de salud mental.

En casi la mitad de los países asiáticos en desarrollo, las escuelas han estado cerradas más de 200 días durante la pandemia. Los niños de la región en edad preescolar y de escuela primaria no alcanzarán los avances esperados en lectoescritura y matemática, y crecerá la divergencia académica entre los niños desfavorecidos y sus coetáneos.

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El Banco Asiático de Desarrollo advierte que las pérdidas educativas causadas por los cierres prolongados provocarán una reducción significativa de la productividad y de los ingresos futuros de los estudiantes afectados en la región. La institución calcula que el valor actual de esas pérdidas llega a 1,25 billones de dólares (el 5,4% del PIB de la región en 2020). Alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible 2030 referido a la educación ya iba a ser difícil antes de la pandemia; ahora la UNICEF y UNESCO calculan que la región tendrá que aumentar sus presupuestos educativos al menos un 7% para no alejarse demasiado de la meta.

Aunque los cierres de escuelas tienen costos evidentes, muchos países todavía son reacios a reabrirlas, por temor a más contagios. Pero ya es hora de usar lo que sabemos sobre la relación entre la COVID‑19 y la población infantil para procurar una reapertura segura de las escuelas.

En todo el mundo, sólo una proporción muy pequeña de los casos confirmados de COVID‑19 corresponde a menores. Los niños en edad de ir a la escuela primaria y más pequeños son los grupos con menor probabilidad de contagio. E incluso los que se contagian suelen tener síntomas más benignos que los adultos (por eso no han contribuido en forma significativa a la proporción de hospitalizaciones y muertes registradas). Un estudio realizado en la República de Corea muestra que los niños contagiados son menos propensos a transmitir el virus.

En síntesis, las escuelas primarias, los establecimientos preescolares y los centros de desarrollo infantil (CDI) temprano no son entornos de alto riesgo para la transmisión, sobre todo si se siguen medidas de seguridad adecuadas. Los niveles de transmisión en estos lugares no son diferentes a los de la comunidad circundante.

La única excepción puede ser la escuela secundaria, donde se registró un mayor número de brotes que en la primaria. Parece que los adolescentes transmiten el virus en forma similar a los adultos, de modo que no hay que descartar el cierre parcial de las escuelas secundarias, pero sólo como último recurso y por períodos limitados en los que haya un alza de la transmisión comunitaria. Y allí donde un cierre temporal resulte imprescindible, debe ser en conjunción con otras medidas sociales y sanitarias en el nivel comunitario.

Pero en general, ya hay pruebas concluyentes de la necesidad de reabrir las instituciones educativas (especialmente las de nivel preescolar y primario). Lo mismo vale para los CDI. Es imposible anular por completo el riesgo, pero con buenas estrategias de mitigación se lo puede manejar. Las pautas de la Organización Mundial de la Salud para el funcionamiento de las escuelas durante la pandemia incluyen varias medidas para reducir la exposición a la COVID‑19 y los contagios, entre ellas una higiene personal adecuada, correcto uso de mascarillas, distancia física, buena ventilación y limpieza y desinfección frecuente de las superficies. También es importante una comunicación clara y coherente con padres y alumnos para asegurar el cumplimiento de las normas en el aula y durante las actividades extraescolares.

Al momento de reanudar la enseñanza presencial, las autoridades deben tener en cuenta el contexto local, incluidos factores como el nivel de transmisión comunitaria y la capacidad de respuesta ante un aumento de contagios. En algunos lugares, habrá que proveer de más recursos a los servicios de salud y educativos para implementar las medidas de seguridad necesarias.

Es fundamental mantener la vigilancia y el cumplimiento de todas estas medidas, no sólo por el bien de las escuelas, sino como parte de la lucha general para contener la COVID‑19 y evitar el desarrollo y la difusión de variantes y mutaciones del virus.

La buena noticia es que la reapertura de las escuelas no depende de la disponibilidad de vacunas. Tenemos que empezar a buscar ya mismo una «nueva normalidad» sostenible. Los riesgos derivados de la educación presencial son relativamente pequeños y fáciles de manejar, pero las consecuencias de los cierres son serias y de gran alcance. Ya es hora de volver a abrir las escuelas.

Traducción: Esteban Flamini

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