Un bosque, dos tigres

Cuando el gobierno del Japón decidió recientemente hacer caso omiso de las protestas chinas y permitir al ex Presidente de Taiwán, Lee Teng-hui, visitar el Japón, China arremetió contra su vecino asiático e incluso lo amenazó con represalias, pero su disputa más reciente es característica de un notable chaparrón de actitudes antijaponesas en China desde 2003.

En el mes de agosto de ese año, unos obreros de la construcción en Quiquihar rompieron por error unos botes de gas mostaza que se remontaban a la ocupación japonesa durante la guerra, a consecuencia de lo cual hubo docenas de heridas y al menos una víctima mortal. La reacción por parte del público de China ante las sangrientas fotos de los heridos fue furiosa. Rápidamente se recogió un millón de firmas en una petición por la red Internet en la que se exigía que el Gobierno japonés resolviera totalmente la cuestión de las armas químicas, mientras que los foros de discusión de dicha red se llenaron de invectivas antijaponesas.

Dos semanas después, 400 hombres de negocios japoneses alquilaron nada menos que a 500 prostitutas locales para una fiesta sexual de fin de semana en un hotel de Zhu Hai. Las crónicas subidas de tono publicadas en la prensa de China desencadenaron otra ronda de furia cargada de rectitud ofendida, partiendo de la metáfora de China como una mujer violada, imagen suprimida por mucho tiempo durante el régimen de Mao. Al producirse en el 72º aniversario del incidente de Mukden que en 1931 provocó la ocupación japonesa de Manchuria, el 90 por ciento de quienes respondieron a una encuesta en la red Internet se declararon convencidos de que los hombres de negocios japoneses pretendían humillar a China.

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