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Cuando los políticos quieren ser historiadores

STANFORD – “La historia no se repite, pero rima”, dijo Mark Twain. Aguda observación a la que varias generaciones de dirigentes políticos han dado sustento con sus reiterados intentos de decidir cómo serán recordados, atribuyéndose el crédito por lo que anduvo bien y culpando a sus predecesores por lo que anduvo mal.

Muchos políticos no dejan de maquillar los hechos ni cuando abandonan el cargo. Es famosa la frase del primer ministro británico Winston Churchill: “La historia me tratará bien, porque la escribiré yo”. Y los varios volúmenes de su obra sobre la Segunda Guerra Mundial no solo contienen muchas de sus frases más memorables (como aquella de “nunca tantos debieron tanto a tan pocos”), sino que también están llenos de justificaciones para sus acciones durante la guerra.

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Tal vez los escritos de Churchill no sean imparciales, pero ofrecen multitud de detalles e información de primera mano, que no es fácil inferir de memorandos y documentos oficiales (usualmente incompletos y de estilo reservado). Los historiadores saben que la presión a recordar el pasado como los vencedores quieren que sea recordado es grande. Como dijo Napoleón Bonaparte: “La historia es un conjunto de mentiras aceptado de común acuerdo”.

Hoy el turno de tratar de definir su lugar en la historia le llegó al presidente estadounidense Barack Obama, ya cercano el fin de su mandato y con la atención pública puesta en la elección de quien lo sucederá. Y no ha estado ocioso. Por ejemplo, durante su reciente visita a Japón para la cumbre del G7, fue el primer presidente estadounidense en funciones que visitó Hiroshima, devastada en 1945 por el ataque nuclear que ordenó el presidente Harry S. Truman para evitar una invasión por tierra y acelerar el fin de la Segunda Guerra Mundial.

También ha estado pregonando sus aciertos económicos, que según asegura, evitaron otra Gran Depresión. Dijo que la Ley de Reinversión y Recuperación Económica aprobada durante su gobierno impidió que la tasa de desempleo llegara a 30% (cinco puntos más que en lo peor de la Gran Depresión).

Esto es un sinsentido desde el vamos. Los propios asesores de Obama calcularon que el paquete de estímulo impidió un aumento de un punto porcentual en el momento de máximo desempleo, no los 20 puntos porcentuales que aparentemente el presidente se atribuye.

No será la primera vez que un dirigente político dice alguna exageración, pero incluso para los tiempos de Internet, esta es bien grande. También repite con frecuencia que todos los economistas coinciden en que sus políticas funcionaron. La verdad es que si bien algunos coinciden con las interpretaciones de sus asesores, otros creen que el efecto del paquete de estímulo fue pequeño o incluso negativo.

Es interesante que Obama sienta necesidad de ensalzar sus acciones ahora que está por irse. Y será incluso más interesante verlo usar su inteligencia, elocuencia y experiencia tras dejar el cargo. Los dos presidentes de los que fui colaborador más cercano, Ronald Reagan y George Bush padre, preferían que de hablar y escribir se encargaran otros. Ambos parecían tranquilos con lo que habían logrado y lo que habían tenido que dejar sin hacer; y ambos vieron crecer su estatura y su popularidad con el tiempo.

La primera imagen que dejan los líderes políticos suele cambiar (y a menudo mucho) con el correr de las generaciones. Pocos presidentes han sido tan elogiados por historiadores y periodistas como Franklin Delano Roosevelt. Yo lo considero el presidente más grande del siglo XX, por su liderazgo durante la Segunda Guerra Mundial. Pero la mayoría de los economistas ya no suscribe la idea original de que el New Deal de Roosevelt puso fin a la Gran Depresión.

En realidad, en 1938 el desempleo era todavía más del 17%. Un íntimo amigo de Roosevelt, el secretario del Tesoro Henry Morgenthau Jr., lamentó que después de ocho años de gobierno el país tuviera tanto desempleo como al empezar (con el agravante de una deuda enorme). Algunos economistas creen que los programas de Roosevelt, al elevar precios y salarios, fueron contraproducentes, porque obstaculizaron el equilibrio y la recuperación de los mercados. Hoy hay consenso entre la mayoría de los historiadores en que lo que realmente puso fin a la depresión fue la masiva movilización para la Segunda Guerra Mundial.

A diferencia de Roosevelt, al principio a Truman se lo consideró un presidente mediocre; un mercero de Missouri que llegó al cargo por el mero azar de ser vicepresidente cuando murió aquel. En 1948 casi pierde la elección contra el republicano Thomas Dewey, y en 1953, cuando lo sucedió Dwight Eisenhower, pocos hubieran predicho que algún día se lo incluiría entre los mejores presidentes de la historia.

Y sin embargo, Truman puso fin a la Segunda Guerra Mundial y supervisó la creación de la arquitectura económica y de seguridad global de la posguerra: el Plan Marshall, la OTAN, el Acuerdo General de Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Y sus políticas permitieron la reconstrucción de las sociedades devastadas por la guerra y convirtieron a Alemania y Japón derrotados en grandes aliados, a diferencia del desastre perpetrado al final de la Primera Guerra Mundial por el Tratado de Versailles. Además, el primer gran paso en la revolución estadounidense de los derechos civiles (el fin de la segregación dentro del ejército) fue durante la presidencia de Truman.

Dicen que poco después de que el presidente Richard Nixon restableció las relaciones con China, le preguntaron al premier Zhou Enlai lo que pensaba de la Revolución Francesa, y contestó: “Es demasiado pronto para saberlo”. También es muy pronto para hacer un juicio imparcial de líderes como la canciller alemana Angela Merkel y el primer ministro británico David Cameron. Aunque los dos han tenido grandes momentos en sus mandatos, también tuvieron que enfrentarse a desafíos importantes, incluso existenciales: la inmigración desde Medio Oriente en el caso de Merkel y la relación con Europa en el de Cameron.

A veces hay una conexión clara entre las políticas de un líder y la situación de su país durante su mandato. Si un historiador hoy dijera que el socialismo populista y el analfabetismo económico del presidente Hugo Chávez vaciaron a Venezuela yo estaría de acuerdo.

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Pero en el caso de otros líderes importantes (Xi Jinping en China, Narendra Modi en India, Mauricio Macri en Argentina, Enrique Peña Nieto en México) todavía es demasiado pronto para hablar. Les toca gobernar en un contexto muy problemático, y se los juzgará según el legado que dejen a sus sucesores (y lo que hagan estos con él). La historia es así de inconstante, y los historiadores que la escriben todavía más.

Traducción: Esteban Flamini