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De cómo reiniciar la seguridad nuclear

VIENA – En estos días de aflicción económica, potenciales enfermedades pandémicas y un malestar civil generalizado, puede resultar una sorpresa que tantas personas en todo el mundo todavía sigan considerando el conflicto nuclear como la mayor amenaza que enfrenta la humanidad.

Y existen buenos motivos para que esto sea así. Pensemos en los efectos potenciales de una explosión nuclear de 50 megatones, similar a la Bomba del Zar, detonada en octubre de 1961, que hizo estallar ventanas a 900 kilómetros de distancia y envió a la atmósfera una nube de hongo.

Los acuerdos globales como el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), junto con la sensación general de benevolencia inmediatamente posterior a la Guerra Fría, pueden haber generado la percepción de que un arma de esas características nunca sería usada en combate. Pero cada vez estamos más convencidos de que todavía no podemos estar tranquilos.

Al considerar los riesgos, en los últimos diez años el énfasis pasó de impedir que más estados adquirieran armas nucleares a impedir que grupos terroristas y otros actores que no son estados adquirieran estas armas (o componentes críticos).