Vigilantes nucleares

LOS ANGELES – En este mismo mes hace cuarenta años, más de 50 naciones se reunían en el Salón Este de la Casa Blanca para firmar el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares. En sus memorias, el presidente norteamericano Lyndon B. Johnson lo llamó “el paso más importante que habíamos tomado hasta entonces para reducir la posibilidad de una guerra nuclear”.

Hoy, con el beneficio del tiempo, podemos evaluar si el acuerdo verdaderamente marca el “punto de inflexión histórico” al que aspiraba el presidente Johnson. La evidencia sugiere que si bien las represas del pacto en gran medida resistieron, se produjeron varias filtraciones, lo que instó a los vigilantes nucleares a aplicar la fuerza cuando concluyeron que la diplomacia no lograría frenar la propagación de la Bomba. Todavía no resulta claro si este comportamiento es un presagio o no para el futuro, pero plantea un espectro permanente dado el fracaso del TNP a la hora de incluir un mecanismo de aplicación efectivo.

Hay algo que no está en duda: el TNP es el marco legal para el régimen de no proliferación nuclear hoy firmado y ratificado por todos los países con excepción de tres –India, Pakistán e Israel- y un desertor, Corea del Norte. Los principios del Tratado siguen vigentes: los cinco estados del pacto que admiten tener armas nucleares –Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China- prometen eliminar sus arsenales nucleares, y las partes restantes se comprometen a no adquirir armas nucleares a cambio del derecho de desarrollar un poder nuclear civil, con asistencia internacional, sujeto a salvaguardas vinculantes.

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