PIK high-flux beam research reactor at the Konstantinov Institute of Nuclear Physics Peter Kovalev\TASS via Getty Images

Redescubrir la promesa de la energía nuclear

OXFORD – En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático celebrada en 2015 en París, los líderes mundiales parecieron por fin reconocer la realidad del cambio climático. Pero la respuesta que le han dado es fundamentalmente errada, porque depende de “fuentes de energía renovables” (como la solar, hídrica y eólica, así como los biocombustibles) que en realidad son perjudiciales para la naturaleza. Irónicamente, la mejor opción que tiene el mundo para alcanzar los objetivos del acuerdo de París es confiar en una fuente de energía que suele ser demonizada: la energía nuclear.

La generación hídrica, eólica y solar no puede proveer un suministro de energía confiable de la magnitud necesaria para una economía moderna. Un kilogramo de agua en un dique de cien metros de alto sólo puede proveer 1/3600 kilovatios‑hora (kWh) de energía. En cambio, un kilogramo de carbón provee unos 7 kWh de energía, es decir, 20 000 veces más.

De modo que un sistema hidroeléctrico capaz de generar la misma cantidad de energía que un equivalente impulsado por carbón tendría que ser enorme, lo que implica altos costos ambientales y humanos. Para construir el proyecto hidroeléctrico más grande que existe (la represa de las Tres Gargantas en el río Yangtsé, que se extiende a lo largo de 600 kilómetros) hubo que reubicar a 1,3 millones de personas, ya que 13 ciudades, 140 pueblos y 1350 aldeas quedaron inundados.

La densidad de energía del viento es similar. Incluso con sus grandes y ruidosas turbinas, las granjas eólicas mar adentro sólo llegan a producir (en el mejor momento) nueve megavatios por kilómetro cuadrado. Para competir con una central a carbón de un gigavatio se necesitan varios cientos de turbinas. Lo mismo vale para las granjas solares: para que sean competitivas tienen que ser inmensas, extendidas sobre vastas superficies de campo.

Pero incluso si estas estructuras masivas y ambientalmente dañinas se instalaran, no podrían producir un suministro confiable de energía suficiente. Los artículos que publicitan el poder de generación máximo de las plantas solares y eólicas suelen omitir que estas pueden llegar a estar varios días sin entregar casi nada de energía. Si fuera posible almacenar en forma eficiente la energía no utilizada, los períodos malos se podrían compensar; pero la tecnología de las baterías no se puede mejorar más allá de lo que permiten las leyes de la química.

Hace poco un investigador sostuvo que las fuentes renovables bastarían para proveer toda la electricidad que consume Estados Unidos, pero dicha afirmación ha sido rebatida. Para evitar apagones sería necesario construir generadores de respaldo confiables y mantenerlos en modo de espera, a un costo imputable a las fluctuantes energías renovables.

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Algunos dicen que la solución es usar biocombustibles como el etanol y el biodiésel, que en algunos lugares están subsidiados. Pero los biocombustibles tienen el mayor impacto ambiental entre todas las fuentes de energía renovables, porque su producción demanda grandes áreas de bosque y tierra cultivable, y generan un aumento de la emisión neta de dióxido de carbono.

La energía nuclear es una fuente de energía sin emisión de carbono que no tiene estas desventajas ambientales. De hecho, el combustible nuclear tiene 100 000 veces la densidad de energía del carbón, de modo que una central nuclear de un gigavatio sólo demanda 15 hectáreas de tierra. Centrales modulares más pequeñas pueden combinarse con el paisaje sin alterarlo. Además, los minerales nucleares están geográficamente bien distribuidos, y el combustible es fácil de transportar y almacenar. Y las centrales nucleares (capaces de operar por sesenta años) son más tolerantes a extremos meteorológicos que las plantas eólicas o solares.

Pese a estas ventajas, países de todo el mundo se niegan a invertir en nuevas centrales nucleares, e incluso cierran las que ya hay. Esto se debe a una falta de comprensión sobre el hecho de que estamos expuestos a radiaciones de procesos nucleares (parte integral de la naturaleza) todos los días.

La vida evolucionó durante tres mil millones de años de modo de tolerar bien la radiación natural procedente de las rocas y del espacio. Hace un siglo, Marie Curie recibió dos Premios Nobel por explicar la física y la química de la radioactividad y de la física nuclear, antes de conducir las primeras investigaciones en el uso de altas dosis de radiación para el tratamiento del cáncer.

Aunque casi todos tenemos un pariente o un amigo beneficiado por la radioterapia, las actitudes públicas hacia la energía nuclear y la radiación nunca se recuperaron de la conmoción de las bombas nucleares arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945. Pero los efectos a largo plazo de la radiación liberada por esas bombas han sido muy exagerados.

Es verdad que los bombardeos provocaron la muerte de hasta 200 000 personas, pero la causa principal fueron las explosiones en sí y los incendios resultantes. Pocas personas murieron de cáncer. En realidad, el historial médico de los sobrevivientes indica entre 550 y 850 muertes adicionales por cáncer en un período de cincuenta años.

Para colmo, durante la Guerra Fría los políticos y los medios explotaron el temor a la radiación. En los años cincuenta se aprobaron normas de seguridad draconianas, no porque lo exigiera la evidencia, sino para calmar a una opinión pública presa del temor (agravado por la carrera armamentista nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética).

El accidente nuclear de Chernobyl en 1986 pareció confirmar esos temores, aunque sólo hubo 43 muertes atribuibles a la radiación liberada en el incidente. En el accidente de 2011 en la central nuclear Fukushima I en Japón nadie murió por la radiación, pero muchos vieron ese episodio como prueba de que los países debían abandonar la energía nuclear. El impacto negativo de Fukushima (incluidas 1600 muertes y un grave daño económico y ambiental) se debió a deficiencias en los reglamentos y procedimientos de evacuación. Y lo que causó el accidente en primer lugar fue la geología, no el uso de la energía nuclear.

El mundo debe superar la fobia a la radiación y aceptar normas para el uso de la energía nuclear más flexibles y basadas en evidencia empírica. (El costo aparentemente alto de la energía nuclear se debe a la imposición de normas excesivas.) Lo que más se necesita es voluntad política para cuestionar el statu quo en aras de tomar decisiones inteligentes y previsoras, y una mejor educación de la opinión pública (comenzando por la escuela primaria y una mayor inversión en educación).

Aunque la energía nuclear no sea popular hoy, debería serlo mañana. Es la mejor elección para nuestro futuro colectivo, y deberíamos adoptarla.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/5nd857t/es;

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