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¿Deberían santificarse los contratos profanos?

CAMBRIDGE – ¿Existe algo así como demasiada santidad? Después de todo, hasta la palabra santurrón indica una muestra excesiva de devoción. El fervor por la santificación puede ocultar motivos más oscuros, y alcanzarla puede resultar profundamente contraproducente. La santidad de los contratos, especialmente los que involucran al sector público, es un buen ejemplo.

La santidad del contrato descansa en la noción de que “una vez que las partes entran debidamente en un contrato, deben cumplir con sus obligaciones según estipula ese contrato”. Si uno da su palabra, debería respetarla, porque una persona vale tanto como su palabra. Violar esta máxima es un pecado ante los demás, si no ante Dios.

La economía ofrece un fundamento sólido para este argumento. La gente entra en acuerdos que implican tiempo: tú haces algo por mí ahora y yo hago algo por ti más tarde. El problema es que esos acuerdos no se ejecutan a sí mismos: una vez que tú has hecho algo por mí, a mí me conviene más no pagarte por tu servicio o no devolverte el dinero que me prestaste. Es por eso que se inventó el colateral: si no te devuelvo el dinero que me prestaste, tú puedes apropiarte de la garantía, la cual tiene un valor superior a la deuda.

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