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De qué depende el fin de la guerra en Siria e Irak

DENVER – La trágica historia de dos ciudades de Medio Oriente (Alepo en Siria y Mosul en Irak) habla de una falta fundamental de consenso en la región y dentro de la comunidad internacional en general. La falta de orden en el orden internacional complica seriamente la tarea de poner fin a estos conflictos.

Cuando por fin termine el sangriento enfrentamiento en Siria, no habrá desfiles victoriosos ni un momento de catarsis nacional. Lo más probable es que habrá un arreglo político que deje a Siria dentro de sus fronteras actuales, pero con niveles de autonomía local que reflejen la diversidad y (al menos, por ahora) la desconfianza mutua de sus diversos grupos étnicos y religiosos. Nadie quedará satisfecho. Las herramientas de un estado civil están ausentes, y no hay instituciones en torno de las cuales construir el consenso social o el imperio de la ley.

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Mientras no puedan articularse estos principios amplios, la guerra no llegará a su fin. Los armisticios funcionan mejor (y duran más) cuando los combatientes por fin comprenden que el futuro de su país se definirá sobre la base de un conjunto de principios acordados por la comunidad internacional en general.

La guerra siria no carece de antecedentes en la región. La guerra civil libanesa fue incluso más larga: duró entre 1975 y 1990, produjo un número de bajas y refugiados similar, y es probable que cuando todo termine, también sea similar la cantidad de treguas fallidas. La guerra civil siria todavía no llega a la mitad de la duración de aquel enfrentamiento horroroso; pero tampoco hay señal alguna de fatiga en los diversos bandos combatientes.

Es probable que la comunidad internacional resulte más afectada por la guerra civil siria que por la libanesa, debido a su mayor impacto global. Aunque al principio la ola de refugiados se pudo contener dentro del vecindario (especialmente en Jordania, Líbano, Turquía e incluso Irak), en poco tiempo comenzó a fluir a Europa y otros lugares, lo que causó tensiones políticas en países muy alejados del conflicto. Las densas masas de refugiados que cruzaban una frontera europea tras otra se volvieron pronto metáfora de las causas de malestar de tantos europeos en esta edad globalizada.

La falta de consenso internacional respecto de Siria, de lo que da muestra el fracaso de los actores permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para acordar una salida, llevó a un empeoramiento de la situación en el terreno. La crisis, alimentada por el apoyo continuo provisto a los combatientes por diversos estados de Medio Oriente (que aparentemente desconfían del sistema internacional), y con la participación directa de Rusia en los combates, se profundizó.

La intervención rusa en apoyo del presidente sirio Bashar al-Assad también empeoró la relación entre Rusia y Estados Unidos, lo que puede generar peligro en otras partes del mundo. El secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry, y su par ruso, Sergey Lavrov, han sido hasta ahora incapaces de hallar una salida viable que ponga fin a los combates.

Uno anhela ver el día en que Kerry y Lavrov salgan de un salón de negociación para anunciar al mundo que acordaron un conjunto de principios que guíen el futuro de Siria, y que trabajarán para crear consenso entre los otros miembros de la comunidad internacional y con los combatientes mismos. Sólo cuando estos puedan imaginar un futuro posbélico funcionará un armisticio. Nadie quiere ser el último muerto en combate cuando el futuro ya está decidido.

En Mosul, la lucha no es una guerra civil. A diferencia de Siria, donde habrá que llegar a un equilibrio entre los diversos grupos combatientes, la lucha en Mosul contra el autodenominado Estado Islámico (ISIS) es una guerra de aniquilación. Y a diferencia de la ofensiva rusa y siria en Alepo, es casi seguro que los kurdos y árabes iraquíes y sus asesores estadounidenses trabajaron meses para anticiparse a los problemas y garantizar el éxito antes de que empezaran los combates.

Pero ya está claro que en la campaña de Mosul hay en juego mucho más que la erradicación de ISIS. De su resultado dependerá que Irak salga del conflicto como un estado multisectario o como un conjunto de enclaves sectarios y étnicos. Los sunitas aparentemente no quieren saber nada del gobierno de mayoría shiita en Bagdad, aun cuando el ejército iraquí (junto con los kurdos) está haciendo la mayor parte del trabajo en la lucha contra ISIS.

Y como si la división entre sunitas y shiitas en Irak no fuera suficiente, ahora apareció una fisura más profunda e incluso más problemática: las dificultades de Turquía con su identidad y sus fronteras impuestas desde el exterior. La declaración, extraordinariamente nociva, del presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, al afirmar que su país no se reconcilió todavía con la frontera que hace cien años lo separa por el sur de la provincia iraquí de Nínive, complica enormemente la capacidad de Ankara para participar del proceso de recomposición de Irak. Los árabes sospechan hace mucho que el objetivo de Turquía en el conflicto es algo más que la protección de la minoría turcomana y de los árabes sunitas. Ahora Erdoğan confirmó esas sospechas, y al hacerlo creó las condiciones para más violencia en Irak.

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La forma en que terminen los combates en Alepo y Mosul ayudará a aclarar el itinerario posterior. Pero hasta que Rusia, Estados Unidos, Turquía, Arabia Saudita y otros actores (Europa, ¿hay alguien ahí?) puedan acordar un conjunto de principios que guíen la región hacia la paz, la carnicería no se detendrá.

Traducción: Esteban Flamini