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El callejón sin salida de Asad

PARÍS – Olvídense los principios y la moralidad. Olvídese –o inténtese olvidar– el cuarto de millón de muertes de las que Basar Al Asad es responsable, directa o indirectamente, desde que optó por reaccionar con violencia ante un levantamiento pacífico del pueblo sirio. Déjese aparte el hecho de que las fuerzas de Asad hayan causado hasta ahora entre diez y quince veces más muertes de civiles que el Estado Islámico, cuyos horribles vídeos de ejecuciones han eclipsado las matanzas invisibles del dictador sirio, pero, aun cuando se purgue todo eso de los pensamientos, una política para Siria que postule a Asad como “opción substituviva” del salvajismo actual del Estado Islámico no es, sencillamente, viable.

Al fin y al cabo, Asad desencadenó, literalmente, el salvajismo actual del Estado Islámico: en mayo de 2011, liberó a centenares de radicales islámicos de la cárcel, con lo que se apresuró a suministrar guerreros y dirigentes al grupo incipiente. Después atacó metódicamente con fuego de artillería posiciones que estaban en manos de rebeldes moderados, además de preservar metódicamente el baluarte del Estado Islámico en Al Raqa y después, a mediados de 2014, permitió a elementos iraquíes del Estado Islámico encontrar refugio en el este de Siria.

Dicho de otro modo, Asad creó un monstruo que ahora finge combatir. ¿Acaso no es todo eso demasiado para un posible aliado? ¿Puede la colaboración con Asad brindar una base sólida a lo que se supone un empeño común?

La cuestión es que Asad no tiene interés en vencer. El hombre que ahora se presenta como el último baluarte de la civilización contra el Estado Islámico es también el último hombre que quiere verlo eliminado.