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La oportunidad perdida de Nigeria

El primer intento de traspasar el poder de un gobierno civil a otro en Nigeria desde su independencia en 1960 acaba de concluir –ridículamente. En efecto, la elección presidencial degeneró en un ejercicio crudo de fraude electoral e intimidación de los electores.

Por consiguiente, ahora se objeta enérgicamente la victoria de Umaru Yar’ Adua, candidato del Partido Democrático Popular, actualmente en el poder, y sucesor designado por el Presidente Olusegun Obasanjo. Los candidatos más importantes de la oposición - Muhammadu Buhari del Partido Popular de Toda Nigeria (ANPP), Patrick Utomi del Partido Democrático Africano (ADP), Atiku Abubakar del Congreso para la Acción (AC), y Orji Uzor Kalu de la Alianza Progresiva Popular (PPA)- rechazan los resultados y están convocando a los nigerianos a protestar pacíficamente. Los observadores electorales locales y los de Occidente han declarado que la votación estuvo muy por debajo de los estándares aceptables.

Aunque los funcionarios estadounidenses habían dicho que su país no apoyaría a Obasanjo si las elecciones resultaran viciadas, mucho antes de que se realizaran era un secreto a voces que el PDP las manipularía para continuar en el poder. Obasanjo dejó en claro que él consideraba las elecciones como un asunto de “vida o muerte” y que solamente entregaría el poder a Yar’ Adua. Con todo, el grado y descaro del fraude no tuvieron precedentes, lo que muestra la desesperación de Obasanjo.

Se entiende por qué Obasanjo está inquieto. En mayo pasado, la Asamblea Nacional frustró su intento de enmendar la Constitución para continuar en el poder aún después de los dos períodos establecidos. Su esfuerzo de utilizar acusaciones de corrupción para excluir de las elecciones a su vicepresidente, Atiku Abububar, con quién ha estado en pugna desde 2004, también fracasó cuando la Suprema Corte resolvió que el nombre de Abububar debía colocarse de nuevo en las boletas de votación.