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Un mundo  nuevo con  menos orden

Al examinar retrospectivamente las revoluciones que sacudieron a Europa y el mundo hace quince años este mes, debemos alegrarnos de lo conseguido -libertad, democracia y superación de la división existente en Europa durante cuarenta años-, pero también debemos hacer balance de las oportunidades desaprovechadas tras el pacifico fin de la guerra fría.

En última instancia, el fin de la guerra fría se debió a la revolución que estaba en marcha en la Unión Soviética. Pero las políticas prodemocráticas de glasnot y perestroika que saqué a la luz a mediados del decenio de 1980 no surgieron por generación espontánea. Procedían de las reformas de Nikita Jrushchev en los decenios de 1950 y 1960 y de las de Alexei Kosygin más adelante.

Muchos consideran ahora aquellos esfuerzos para "renovar" el sistema socialista -para hacer que redundara en beneficio del pueblo en realidad- condenados al fracaso desde el principio, pero aquellas primeras reformas fueron, en realidad, más difíciles de emprender que las que yo lancé en los decenios de 1980 y 1990. Durante mi presidencia, teníamos que alimentar una atmósfera democrática, pero sólo fue posible porque el miedo había dejado de ser abrumador.

También intentamos reducir la carrera de armamentos y abordar otros sectores de conflicto entre el Este y el Oeste. Pero el Muro de Berlín siguió existiendo, erguido en el corazón de Europa como símbolo de división. Cuando el Canciller Helmut Kohl y yo hablamos de ello en julio de 1989, nos pareció que no había llegado el momento de poner fin a la división de Alemania. Coincidimos en que el desmantelamiento del Muro sería probablemente una cuestión por resolver en el siglo XXI.