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Ante el desafío del libre comercio transatlántico.

MADRID – El anuncio por el presidente de los EE.UU., Barack Obama, del inicio de las negociaciones para una “Alianza Transatlántica de Comercio e Inversión” ha generado entusiasmo a ambos lados del Atlántico. Tras un mes de intensa actividad, en el que parecía que el impulso a las conversaciones había perdido fuelle, el anuncio ha renovado la esperanza de que un transformador acuerdo entre los EE.UU. y la U.E. se pueda lograr.

Aunque los comentaristas y responsables políticos han explicitado los numerosos desafíos inherentes a dicho pacto, el estado de ánimo general es de optimismo, reflejado en los comentarios del Secretario de Estado de los EE.UU., John Kerry, en Berlín, durante su primer viaje al extranjero desde que asumió el cargo. Pero, a fin de evitar que las negociaciones se encallen en temas sensibles como los subsidios y la seguridad alimentaria, los principales responsables políticos deben sentarse a resolver sus diferencias fundamentales. Este planteamiento, combinado con el compromiso de un mantenido seguimiento al más alto nivel, es la clave del éxito.

Los beneficios económicos de un acuerdo comercial entre dos economías que, en conjunto, representan más del 50% de la producción mundial y cuentan con cerca de 4 billones (“trillions” en inglés) de dólares en inversiones cruzadas, son evidentes. El alcance transformador de este acuerdo trasciende a los lazos transatlánticos entendidos de modo amplio.

Un ambicioso acuerdo de libre comercio transatlántico que sea totalmente compatible con las normas de la Organización Mundial del Comercio y abierto a terceros debería aspirar a más que sentar las bases para una "OTAN económica". De hecho, debería crear las bases para una zona de libre comercio que abarque la cuenca del Atlántico, con relevante presencia africana y latinoamericana.