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El fracaso argentino del neoliberalismo

Durante la década de los noventa, Argentina implementó tal vez el 80% de la agenda de la política económica neoliberal. Abrió su economía al comercio internacional y a los capitales extranjeros; buscó garantizar una tasa de inflación baja y dinero sólido. Luchó para mejorar su sistema legal de forma que las decisiones se apegaran a las reglas y generaran confianza de que los contratos se respetarían, con o sin el pago de un soborno.

Falló. Esto no quiere decir que los años noventa, incluso con las secuelas que condujeron al terrible verano de 2002, hayan sido catastróficos. La vida era mucho peor durante la Guerra Sucia de los setenta, cuando un ejército sin honor lanzaba a mujeres desde helicópteros al Atlántico del Sur, y las guerrillas urbanas asesinaban a la gente porque...porque...¡bueno, simplemente porque sí!

Los años ochenta no fueron mejores. La década comenzó con toda una crisis de deuda desencadenada por un enorme aumento tanto en las tasas de interés de los EU como en el valor del dólar, y terminó con una hiperinflación generada en el país, lo que provocó que Argentina perdiera diez años con respecto a las economías más fuertes del mundo.

En contraste, durante los noventa el PIB del país creció 25% desde los niveles más bajos hasta los más altos que llegó a registrar (para perder toda esa ganancia a lo largo de los últimos cuatro años). Hasta fines del invierno pasado, los problemas de Argentina parecían ser simplemente un tropiezo molesto pero temporal, de la misma forma que la crisis "tequila" de México en 1994-1995 o las crisis del Este asiático en 1997-1998 resultaron ser sólo interrupciones provisionales, y no hitos.