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Historias que no pueden terminar bien

PRINCETON – En el actual mundo irracional de noticias falsas y política de mala fe, ha aparecido un nuevo mantra: todo se reduce a narrativas. Hoy el poder radica en la capacidad de contar una historia. A modo de ejemplo piénsese en el presidente electo de Ucrania, Volodymyr Zelensky, un comediante cuya única experiencia política es haber actuado de presidente en la TV. Zelensky derrotó al presidente en ejercicio, Petro Poroshenko, porque es un buen fabulador.

La modalidad escénica de la política actual es un quiebre respecto de todo un siglo en el que el arte de gobierno se guió por la ciencia social. Hasta hace poco, a problemas como la pobreza, la enfermedad y la violencia, las autoridades trataban de darles explicaciones con respaldo empírico (aunque a menudo simplificadas), para generar apoyo político a soluciones basadas en la evidencia.

Después de los años treinta, este enfoque tecnocrático se inspiró en el trabajo de economistas que aplicaban la contabilidad nacional a la gestión macroeconómica. Basándose en un marco conceptual sencillo elaborado por el economista británico John Maynard Keynes, atribuían el desempleo y la existencia de capacidad ociosa, ante todo, a una demanda insuficiente; al mismo tiempo, se atenían a una ortodoxia económica que vinculaba el crecimiento monetario a la inflación. En ambos casos, había un mecanismo causal simple, representado en la curva de Phillips, para el control del desempleo y de los precios.

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