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Mi plan para abandonar la bomba

NUEVA YORK – La destrucción de Hiroshima y Nagasaki en 1945 señaló un fin y un principio. El fin de la segunda guerra mundial dio paso a una guerra fría, con una paz precaria basada en la amenaza de la destrucción mutua asegurada.

Hoy el mundo se encuentra en otro momento decisivo. La suposición de que las armas nucleares son indispensables para mantener la paz se está desplomando. El desarme vuelve a figurar en el programa mundial... y no podía ser más oportuno. Pronto una oleada de nuevas iniciativas internacionales hará avanzar dicho programa.

El fin de la Guerra Fría, este otoño hará veinte años, debía brindar un dividendo de paz. En cambio, seguimos  afrontando graves amenazas nucleares. Unas se deben a la persistencia de más de 20.000 armas nucleares y la contagiosa doctrina de la disuasión nuclear. Otras tienen que ver con los ensayos nucleares: más de una docena en la época posterior a la Guerra Fría, agravada por los constantes ensayos de misiles de largo alcance. Otras inspiran la preocupación de que más naciones o incluso terroristas estén intentando conseguir la bomba.

Durante decenios, creímos que los terribles efectos de las armas nucleares serían suficientes para impedir su utilización. Se equiparó a las superpotencias con un par de escorpiones en una botella, sabedor cada uno de ellos de que un primer golpe sería suicida. Sin embargo, el actual nido de escorpiones en aumento significa que nadie está a salvo. Los Presidentes de la Federación de Rusia y de los Estados Unidos, poseedores de los mayores arsenales nucleares, lo reconocen. Han hecho suyo el objetivo de un mundo libre de armas nucleares –la ocasión más reciente para ello ha sido su cumbre de Moscú– y están intentando conseguir nuevas reducciones.