El ambiguo legado de Musharraf

La renuncia del Presidente paquistaní Pervez Musharraf pone fin a uno de los hechos más curiosos e interesantes de la política subcontinental: por más de cuatro años, Pakistán tuvo un presidente nacido en India, mientras India tenía un Primer Ministro (Manmohan Singh) nacido en Pakistán. Puesto que la separación de ambos países ya tiene más de sesenta años, es poco probable que tal anomalía se repita. Sin embargo, no es la única razón para saludar la salida de Musharraf con sentimientos encontrados.

Musharraf era alguien fácil de odiar del otro lado de la frontera. Después de todo, había llegado a lo más alto del ejército paquistaní con el respaldo de sus elementos islamistas, que se fortalecieron (en lo que con anterioridad había sido un cuerpo de oficiales más bien anglófilo, entrenado por los ingleses y estadounidenses) durante el largo régimen de un gobernante militar fundamentalista, el General Muhammad Zia-ul-Haq.

De hecho, aunque Musharraf mostraba una imagen educada y urbana, disfrutaba su whisky y admiraba a Turquía, no era uno de los laicos paquistaníes tan admirados por los liberales indios. En lugar de ello, cultivaba una reputación de estar en la línea dura anti-india. El hecho de que su familia hubiera tenido que huir de India tras la Partición contribuía a sostener esta imagen: se decía mucho que veía las relaciones con la India como una serie de oportunidades para buscar venganza por lo que había sufrido su familia en los levantamientos de refugiados de 1947.

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