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Reducir la sentencia de muerte de las neuronas motoras

LONDRES – El jugador de béisbol norteamericano Lou Gehrig era conocido no sólo por su capacidad ofensiva y defensiva, sino también por nunca perderse un partido debido a una lesión o enfermedad. Pero, después de 15 años con los New York Yankess, Gehrig, a los 35 años, percibió que su fuerza y su velocidad se estaban deteriorando a pasos acelerados. Empezó a caminar arrastrando los pies y comenzó a tener problemas para llevar a cabo tareas sencillas como atarse los cordones. En 1939, después de jugar en más de 2.000 partidos consecutivos, Gehrig se retiró del béisbol. En menos de dos años, había muerto.

Gehrig sufría de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), la enfermedad de la neurona motora (ENM) más común -un trastorno degenerativo caracterizado por la muerte de las células nerviosas a través de las cuales el cerebro activa a los músculos para que realicen alguna actividad, desde tragar hasta caminar-. Más de seis décadas después, las enfermedades de la neurona motora como el ELA siguen siendo incurables y letales.

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Las ENM afectan a una de cada 400 personas, por lo general en edad mediana o avanzada, y los esfuerzos por cambiar esa realidad son de vital importancia. Curiosamente, algunos de los hallazgos más importantes en cuanto a las causas de la ENM -y, en consecuencia, cómo se la puede tratar- se obtuvieron a través de observaciones de gente oriunda de la remota isla de Guam en el Pacífico y de jugadores de fútbol italianos.  

En los años 1950, un tipo de ENM era la causa principal de muerte de los nativos de Guam: mataba a uno de cada cinco adultos. Al intentar explicar este fenómeno, los científicos observaron que la mayoría de los habitantes de la isla comían semillas de cícadas, que contenían beta-metilamino-L-alanina (BMAA por su sigla en inglés), una toxina que interfiere en el funcionamiento del sistema nervioso. Pero los isleños lavaban cuidadosamente las semillas para retirar la toxina antes de comerlas y no consumían cantidades lo suficientemente grandes como para que resultaran nocivas.

Sin embargo, a veces consumían zorros voladores de Guam -una especie de murciélago de la fruta que se alimentaba de semillas de cícadas y tenían una concentración de BMAA en su grasa corporal-. Como el zorro volador se extinguió en los años 1960, se ha registrado una caída en la cantidad de nuevos casos de ENM en Guam, lo que sugiere que el consumo de BMAA puede haber sido una causa clave de la enfermedad.

Otra pista valiosa sobre las ENM surgió en 1998, cuando una investigación de gran escala del uso de drogas ilícitas en el fútbol italiano reveló sin querer una incidencia asombrosamente alta de ELA entre los jugadores profesionales y semi-profesionales en Italia. Resulta ser que los jugadores de fútbol profesionales tienen diez veces más probabilidades de sufrir una ENM. Los que son más activos físicamente –en especial los mediocampistas, que son los que más corren- y juegan profesionalmente durante más tiempo (digamos, por lo menos cinco años)- son los que corren el mayor riesgo.

Los estudios de otros tipos de atletas, como los boxeadores y los jugadores de fútbol americano, así como los soldados, sugieren que ellos también pueden correr un riesgo más elevado de contraer una ENM. En todos estos grupos, el esfuerzo físico y las lesiones son comunes.

El interrogante obvio es el siguiente: ¿qué tienen en común la BMAA y la actividad física? La respuesta, que recién se descubrió hace unos 20 años, es que ambas liberan una sustancia química llamada glutamato, que permite que el calcio ingrese en las neuronas motoras y transmita señales eléctricas a los músculos. El cuerpo libera glutamato durante la actividad física para permitir que las neuronas motoras se activen con mayor frecuencia. El problema es que cuando las neuronas motoras absorben demasiado calcio, pueden morir.

A pesar de esta revelación, los tratamientos para la ENM todavía presentan serias deficiencias. La droga Riluzole, que bloquea la liberación de glutamato, es el único tratamiento disponible para una ENM y extiende la vida de un paciente solamente unos tres meses. En los últimos 50 años, se han probado más de 150 drogas para la ENM, sin éxito. Pero la investigación que involucra dos técnicas nuevas -terapias con células madre y de genes- parece alentadora.

Las células madre, que se encuentran en médula ósea embrionaria y adulta, tienen la capacidad de dividirse en otros tipos de células. Pero usar células madre para fabricar neuronas motoras es peligroso, en particular porque las nuevas neuronas motoras tendrían que regenerar las largas extensiones –que pueden ser de hasta un metro- necesarias para conectar el cerebro con el músculo. Más importante, las células madre estarían expuestas a las mismas sustancias que afectaron a las neuronas motoras del paciente en primer lugar.

Una alternativa sería crear nuevas células de apoyo alrededor de las neuronas motoras que puedan depurar las toxinas e impulsar el crecimiento de las neuronas. Esas células de apoyo se pueden generar a partir de células madre que se encuentran en la propia médula ósea del paciente, evitando las cuestiones éticas que surgen cuando se utilizan células madre embrionarias.

Estudios de pequeña escala, que involucraron a unos 20 pacientes, demuestran que los trasplantes de células madre de médula ósea son relativamente seguros, con pocos efectos colaterales. Si bien esos pacientes no mostraron ninguna mejora, ese tipo de trasplantes aparentemente extendieron la esperanza de vida y demoraron la debilidad en estudios con ratones con daño de las neuronas motoras.

La otra opción prometedora, la terapia de genes, implica la generación de genes que “instruyen” a las células de apoyo existentes en la médula espinal y el músculo para crear moléculas llamadas factores de crecimiento que ayudan a las neuronas motoras a sobrevivir, a pesar de la presencia de las toxinas. Una vez que los genes se distribuyen a las células correctas, los pacientes siguen produciendo su propio tratamiento.

El principal desafío aquí consiste en lograr que el gen llegue a su objetivo y asegure que la célula lo utilice, en lugar de ignorarlo o inclusive destruirlo. Pero ya existen organismos que hacen justamente eso: los virus.

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La solución entonces es que los científicos despojen a los virus de sus propios genes causantes de enfermedades, reemplazándolos por nuevos genes que les pidan a las células que produzcan factores de crecimiento para las neuronas motoras. Alterar el revestimiento del virus puede hacer que infecte solamente a ciertos tipos de células, como aquellas que apoyan a las neuronas motoras.

Las enfermedades ENM pueden ser raras, pero siguen siendo un trastorno devastador. El “desafío del balde de hielo” que el año pasado se hizo viral, en el que la gente desafiaba a otros a donar para la investigación del ELA o arrojarse un balde de hielo en la cabeza, recaudó más de 100 millones de dólares, 20 veces más de lo que las entidades de beneficencia de ENM recaudarían en ese tiempo. Si esos fondos han de ser destinados a tratamientos efectivos, deberían ser canalizados a más ensayos clínicos, entre ellos las células madre y las terapias de genes.