Alejandro Pagni/AFP/Getty Images

Las madres de desaparecidos

WASHINGTON, DC – “Buscábamos justicia. Queríamos prevenir las desapariciones, que se terminaran. Por desgracia, todavía veo que desaparecen niñas. No quiero ser negativa, pero no sé cuándo se terminará”. Esto dijo Paula Flores, de Ciudad Juárez (México), el 3 de julio de 2016, dieciocho años después de la desaparición y posterior asesinato de su hija, María Sagrario González Flores.

Mujeres como Flores, especialmente madres de víctimas de la violencia, están todo el tiempo en la primera línea del activismo de derechos humanos contra la desaparición forzada, el feminicidio y los abusos del ejército. Donde las instituciones estatales y los funcionarios electos no actúan contra esas formas de violencia, estas mujeres llenaron el vacío y al hacerlo, pusieron en entredicho el lugar tradicional de la mujer.

Exigir justicia en México, un país donde el 98% de los delitos queda impune, no es tarea fácil. Las madres y abuelas activistas mexicanas siguen la tradición latinoamericana sentada por antecesoras como las Madres de Plaza de Mayo, que en 1977 empezaron a marchar frente al palacio presidencial en Buenos Aires (Argentina) en protesta contra la desaparición masiva de sus hijos bajo la dictadura militar. Marchas que se repitieron por años cada semana y obligaron a un debate público de las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

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