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Más malas noticias para el FMI

Lo único que ha obtenido el FMI durante el último año son malas noticias. Primero vino una amarga disputa sobre el nombramiento de un nuevo director ejecutivo: Alemania impulsó a un burócrata desconocido e incompetente y no logró que se le aceptara. Al final, se le dio al Canciller Schroder una hoja de parra para ocultar su vergüenza con el nombramiento del actual director ejecutivo, Horst Kohler, cuyo principal mérito para ocupar el cargo es ser alemán, a diferencia de sus dos predecesores, De Larosiere y Camdessus, quienes fueron distinguidos inspecteurs de finances, es decir, pertenecían a la crema y nata de la élite burocrática francesa. El siguiente golpe lo dieron las críticas por parte de los republicanos en Estados Unidos en el sentido de que la estrategia del FMI no es más que una serie interminable de rescates. Esas críticas se recogieron en el Informe Meltzer, que ahora pende en forma más amenazadora sobre el FMI porque los republicanos están en el poder en Washington.

Al Congreso de Estados Unidos nunca le ha simpatizado mucho el FMI. Los demócratas cuestionan los programas duros; los republicanos critican los rescates; nadie tiene algo constructivo que decir. Sin embargo, los ataques al FMI no sólo provienen de la derecha estadounidense. Algunos cañonazos bajo la línea de flotación se han originado dentro de la comunidad, desde el otro lado de la acera, en el Banco Mundial. La andanada más notable fue el affaire Stiglitz, cuando el economista en jefe del Banco Mundial acusó al FMI de negligencia, lo que le ganó el aplauso de economistas malos y creadores de políticas fracasadas en todo el mundo.

Los últimos reveses acaban de ocurrir. Primero vino la renuncia del economista en jefe del FMI, Michael Mussa, un formidable economista educado en la Universidad de Chicago, reconocido por su buen juicio. Predijo la mayoría de las crisis que se dieron pero eso no aumentó su popularidad en el consejo del FMI. A Mussa también se le conocía por la forma extravagante en la que exponía sus puntos de vista, cosa que algunas personas encontraban difícil de tolerar en el ambiente tan tieso del FMI.

El golpe final lo constituye la renuncia del primer subdirector ejecutivo del FMI, Stanley Fischer, quien estaba a cargo de asegurar la continuidad y el buen juicio, así como la moral del personal. Estos dos abandonos se suman al éxodo continuo de talento hacia Wall Street que se ha dado en los últimos años.