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La moral y la debacle

LONDRES – Después de la Primera Guerra Mundial, H.G. Wells escribió que había una carrera entre la moral y la destrucción. Decía que la humanidad debía abandonar sus actitudes guerreras o la tecnología la destruiría.

El pensamiento económico, sin embargo, transmitía una idea muy distinta del mundo. Aquí la tecnología reinaba merecidamente. Prometeo era un monarca benévolo que repartía los frutos del progreso entre su pueblo. En el mundo de los economistas, la moral no debía tratar de controlar la tecnología sino adaptarse a sus demandas. Sólo haciéndolo podría asegurarse el crecimiento y la eliminación de la pobreza. La moral tradicional se diluyó a medida que la tecnología multiplicó el poder productivo.

Nos hemos aferrado a esta fe en la salvación tecnológica mientras las viejas creencias decaen y la tecnología se vuelve cada vez más inventiva. Nuestra fe en el mercado – porque el mercado es la partera de la invención tecnológica—fue el resultado de esto. En nombre de esta fe hemos adoptado la globalización, la más amplia extensión posible de la economía de mercado.

En aras de la globalización, las comunidades de desvirtúan, los empleos se deslocalizan y las habilidades se reconfiguran continuamente. Sus apóstoles nos dicen que el deterioro indiscriminado de gran parte de las cosas que le dan sentido a la vida es necesario para lograr “la asignación eficiente del capital” y la “reducción de los costos de las transacciones”. La moral que se resiste a esa lógica es tachada de “obstáculo al progreso”. La protección –esa obligación que debe el fuerte al débil—se convierte en proteccionismo, un mal que engendra guerras y corrupción.