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¿Qué es lo que impulsa el progreso moral?

DAVOS – ¿Qué ocurriría, si el antiguo filósofo griego Platón participara en diálogos contemporáneos sobre los tipos de cuestiones que fue el primero en plantear y que siguen preocupándonos? En mi opinión, plantearía muchas cuestiones nuevas, incluida la de nuestro enfoque cada vez más psicológico del debate filosófico.

Platón se dirigiría probablemente a un destacado centro tecnológico mundial: la sede de Google en California. En él podría entablar un debate con un ingeniero informático sobre si, por ejemplo, se pueden abordar las cuestiones éticas mediante la externalización participativa. Probablemente le encantaría la idea de la nube de la información –tan abstracta, tan platónica– y consideraría Google el instrumento ideal para ponerse a la altura de los enormes avances científicos y tecnológicos de los dos últimos milenios.

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Pero lo que más asombraría a Platón sería el progreso moral del mundo. Al fin y al cabo, creía que ser “filósofo” significaba arrogarse las responsabilidades de reformador moral. Sin embargo, aunque la moralidad estaba siempre en el centro de su pensamiento, muchas de las verdades morales que ahora damos por sentadas nunca se le ocurrieron.

Por ejemplo, aunque Platón se opuso a la esclavización de los griegos, justificaba –como cualquier otro griego antiguo– la esclavización de los “bárbaros” (quienes no eran griegos). En cambio, actualmente, incluso una persona enfáticamente no filosófica –“el acompañante en los medios de comunicación” de Platón, pongamos por caso– podría explicar fácilmente por qué la esclavitud es inmoral: “Una persona es una persona. La vida de cualquiera es tan importante como la de cualquier otro”.

Por evidente que esa conclusión pueda parecer, el mundo ha tardado milenios en formularla y, en muchos sentidos, aún no la ha aceptado del todo. No obstante, ahora podemos echar la vista atrás hacia nuestros antepasados propietarios de esclavos, golpeadores de esposas, maltratadores de niños, quemadores de herejes y colonizadores y asombrarnos de que incluso los más profundamente morales de ellos no vieran que no debían comportarse de ese modo. ¿Que fue lo que impulsó ese progreso?

Platón sostuvo que el progreso moral era un proceso esencialmente intelectual, impulsado por argumentos razonados, posición que muchos de los filósofos morales más influyentes, desde Baruch Spinoza e Immanuel Kant hasta John Rawls y Peter Singer, han apoyado. Sin embargo, muchos filósofos han rechazado la autocracia de la razón en la vida moral de los seres humanos, al convenir con la afirmación de David Hume de que “la razón, en sí misma, es totalmente inerte”. Creen que ningún argumento puramente abstracto puede incitarnos a hacer algo que no queramos hacer.

Si un argumento razonado no puede movernos, ¿qué será lo que pueda hacerlo? Una respuesta sencilla sobresale: las emociones.

Las emociones morales, en particular la empatía, pueden lograr lo que ninguna reflexión insensible puede: nos hacen sentir –y, por tanto, querer explicar– la experiencia de los demás. Cuanto más sentimos, más nos importa algo y más morales son nuestras motivaciones. En una palabra, un fuerte sentido de la empatía estimula el progreso moral.

Con ese paso de la razón a la emoción, la filosofía moral está dando paso cada vez más a la psicología moral, que, al adoptar ideas procedentes de la biología evolucionista, tiene cada vez más cosas que decir sobre la naturaleza humana y nuestra vida moral. Todo va a parar a la selección natural.

Las emociones morales como la empatía son en igual medida un resultado del funcionamiento ciego de la adaptación como nuestra posición vertical y los pulgares ponibles, rasgos que están arraigados en una especia por la proliferación de determinados genes. Los seres humanos sentimos la máxima empatía por quienes comparten con nosotros la mayor proporción de nuestros genes: nuestros hijos, nuestros padres, nuestros hermanos y, en gradaciones en disminución, nuestra familia extensa y nuestra tribu. Nuestra empatía para con ellos puede movernos incluso a hacer sacrificios que pongan en peligro nuestra supervivencia individual, pero eso tiene el máximo sentido desde el punto de vista de la preservación de nuestros genes compartidos.

Naturalmente, la empatía no sólo forma parte de nuestra naturaleza heredada que modela nuestro comportamiento para con los demás. En realidad, también hay una explicación evolucionista convincente para la xenofobia.

Los seres humanos evolucionaron a partir de primates creadores de comunidades que colaboraban para sobrevivir. En vista de los beneficios evidentes de tener acceso a más territorio en el que recolectar y cazar, los extraños –en particular los que tenían características que los marcaban como genéticamente distantes– eran tratados como enemigos. En ese sentido, la idea de “nosotros contra ellos” ha sido fundamental para la evolución humana y sigue modelando nuestras relaciones mutuas.

Así como se pueden explicar tanto la empatía como la xenofobia por la selección natural, así también se pueden modular las dos con factores culturales, pero, ¿existen razones iguales para considerarlas emociones morales?

En la esfera estricta de la psicología moral, sí. Al fin y al cabo, un relato psicológico de la historia de nuestro desarrollo moral no brinda una base para animarnos a apagar una inclinación natural y potenciar otra.

Pero la psicología moral no tiene que contar toda la historia. No hay razón por la que no podamos disponer de una psicología moral y una filosofía moral: la psicología moral para explicar por qué el progreso moral es a un tiempo posible y dolorosamente lento y la filosofía moral para aclarar lo que constituye el progreso moral e impulsarnos en la dirección apropiada.

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Somos seres humanos razonadores y deliberadores y nuestros genes no son los amos de nuestro destino. No debemos dejarnos cautivar tanto por la capacidad explicativa de las ciencias del comportamiento como para sucumbir a la creencia de que el progreso moral es predeterminado.

La psicología cuenta una historia incompleta, que deja fuera nuestros avances morales del pasado y la ardua labor argumentativa necesaria para ampliar dichos avances en el futuro. Platón rechazaría esa opinión y nosotros debemos hacerlo también.