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Los mercados y la Reserva Federal: una historia de amor

LAGUNA BEACH – Llevar en auto a mi hija de once años a la escuela no solo es divertido, sino que muchas veces me deja pensando. Como la semana pasada, cuando ella me hizo notar algo acerca de Frozen (la aclamada película de Disney) que a mí se me había escapado por completo. Me dijo: “Es raro ver una película de Disney donde al final nos dicen que no nos casemos con alguien a quien acabamos de conocer”.

Cerca del principio de la película, la princesa Anna conoce al príncipe Hans en el baile de coronación de su hermana, la princesa Elsa. Inmediatamente llega el flechazo y, claro, se “enamoran”. Enseguida el príncipe propone casamiento y ella acepta; pero Elsa se niega a bendecir la unión.

A Anna le lleva la mayor parte de la película descubrir que Hans es un malvado que planea deshacerse de ella y de su hermana mayor para tomar el control del reino. Pero afortunadamente, en el transcurso de sus aventuras conoce a un plebeyo estupendo llamado Kristoff que, a diferencia de Hans, es sincero y confiable, y los dos terminan juntos.

Después de tantas décadas de ver películas de Disney, ya estamos condicionados a esperar que las princesas y sus príncipes encantadores se enamoren enseguida y “vivan felices para siempre”. Y cuando aparecen problemas y obstáculos (algo que sucede sobre todo en las películas más recientes), se los supera rápidamente (y con humor).