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Someter a la élite de India

NUEVA DELHI – Ha pasado más de un año y medio desde que el Primer Ministro indio Narendra Modi llegara al poder gracias a la promesa de construir una nueva India cimentada en una ruptura radical con el pasado. Aún es demasiado pronto para evaluar el impacto de su política económica y de relaciones exteriores, pero hay un área en que está avanzando de manera notable: intentar someter a la afianzada élite del país.

En la India viven cerca de 1,2 mil millones de personas, pero por largo tiempo ha estado gobernada por una elite minúscula de algunos cientos de familias ampliadas, que abarcan quizás de 4000 a 5000 personas. Muchos países tienen poderosas élites con una influencia desproporcionada, pero en la India las élites dinásticas controlan las capas superiores de todas y cada una de las esferas de la vida pública: la política, los negocios, los medios de comunicación y hasta Bollywood.

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Las raíces de varias de estas élites se remontan a los tiempos coloniales, lo que implica al menos siete décadas de dominio. Para mantener este ecosistema del poder se aprovechan todos los puntos de influencia, desde los contratos de gobierno a las licencias industriales, pasando por el otorgamiento de las licitaciones nacionales. 

Con el tiempo,  los lazos de protección clientelar y matrimonio han convertido a estas dinastías en una clase social perceptible, basada en Nueva Delhi, con algunos bolsones en Mumbai y una pequeña presencia en otros puntos del país. Las exclusivas escuelas en idioma inglés, las casas de vacaciones en Goa y los veranos en Londres o Suiza les han dado una visión de mundo en común. De vez en cuando se aceptan nuevos rostros, pero siempre y cuando no amenacen la perpetuación del sistema.

No es de sorprender que el resultado haya sido una clase de gente con un fuerte sentido del privilegio que reacciona cerrando filas ante los más leves desafíos a su estatus. Exhiben tan a menudo su poder (con alguna variante de la frase "¿Sabe usted con quién está hablando?") que incluso quienes no forman parte de ellas intentan salir de apuros imitándoles.

Uno de los mayores golpes simbólicos de Modi al viejo establishment ha sido el éxito de su gobierno en desalojar a los ocupantes de alto estatus de cientos de viviendas estatales en el centro de Delhi. Pocos de los habitantes de estas residencias oficiales tenían derecho a vivir en ellas. En algunos casos habían habitado allí por generaciones; al recibir los avisos de desalojo, algunas familias argumentaron que, en la práctica, las casas se habían convertido en memoriales de sus ancestros famosos y por tanto se les debía permitir seguir como tales.

Un indicador aún más visible es el repentino aumento de los cargos penales (por acusaciones desde corrupción a delitos de índole sexual) contra personas de la vieja élite.  Como parte de investigaciones por corrupción, últimamente se han allanado los hogares de varios altos funcionarios, y se han presentado acusaciones serias de acoso sexual contra el connotado ambientalista indio Narendra Pachauri, que presidía el Panel Intergubernamental de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático cuando recibió el Premio Nobel de la Paz.

Mientras tanto,  los bancos han comenzado a pedir el pago a importantes prestatarios que se habían acostumbrado a los aplazamientos de sus deudas. Se está investigando a Vijay Mallya, empresario muy conocido por su exuberante estilo de vida y sus numerosas aventuras de negocios fallidas, por la posibilidad de que haya caído en impagos de manera deliberada.

Gran parte de esto habría sido impensable hace unos meses. E inevitablemente muchos acusan al gobierno de revanchismo político. El 19 de diciembre, Sonia Ghandi, presidenta del Partido del Congreso, y su hijo Rahul Gandhi, vicepresidente del mismo partido, debieron declarar en los tribunales por acusaciones de corrupción. Los diputados de su partido reaccionaron paralizando la actividad legislativa durante días, y raudamente se dejó en libertad a los acusados bajo fianza.

Es posible que el caso contra de los Ghandi, como varias otras investigaciones de alto perfil, se arrastre por años. Y, por supuesto,  en algunos casos se exonerará a los acusados. Pero el mero hecho de que se pueda investigar e interrogar a miembros de la vieja élite es un avance incuestionable en un país donde han disfrutado de una prolongada impunidad.

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Queda por verse si Modi será capaz de consolidar estos logros. La élite puede ser muy resistente y retener el poder para contraatacar ante el menor signo de debilidad. Desde la Francia post-revolucionaria a la Tailandia moderna, la historia ha mostrado una y otra vez que es un error darlas por vencidas demasiado pronto. 

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen