Prime Minister Narendra Modi shakes hand with Turkish President Recep Tayyip Erdogan Sonu Mehta/Hindustan Times via Getty Images

Paralelos entre Modi y Erdogan

NUEVA DELHI – Por lo general, las comparaciones son odiosas, especialmente cuando se trata de líderes políticos de diferentes países. Sin embargo, si bien el Presidente turco Recep Tayyip Erdogan ascendió al poder 11 años antes que el Primer Ministro indio Narendra Modi, hay mucho en sus trayectorias personales y profesionales que hace irresistible compararlos.

Ambos provienen de mundos humildes y pueblerinos: Erdogan vendía limonada y pasteles en las calles de Rize, mientras que Modi ayudaba a su padre y hermano a manejar un pequeño puesto de té en una plataforma ferroviaria en Vadnagar. Son hombres que se han hecho a sí mismos, energéticos y físicamente en forma (Erdogan fue futbolista profesional antes de entrar en política; Modi se ha jactado de su pecho de 140 centímetros), por no mencionar sus dotes de oratoria.

Ambos crecieron con convicciones religiosas que acabaron por dar forma sus carreras políticas. El Partido por la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Erdogan y el Partido Bharatiya Janata de Modi promueven un credo nacionalista y religioso que, argumentan, es más auténtico que las ideologías seculares de inspiración occidental que hasta entonces habían guiado el desarrollo de sus países.

No obstante, para acceder al poder, Erdogan y Modi no contaron exclusivamente con el voto religioso. Ambos promovieron plataformas modernizadoras, planteando que mediante la implementación de políticas que propicien la actividad empresarial y la reducción de la corrupción, se podría fomentar una mayor prosperidad económica que en el sistema que buscaban suplantar.

En este punto, tanto Erdogan como Modi buscan utilizar el pasado y el futuro de sus países. Erdogan recurre al legado del Imperio Otomano, diciendo a los votantes que no solo “van a elegir un presidente y diputados”, sino también “decidir el camino para el próximo siglo de nuestro país”. De manera similar, Modi evoca constantemente los logros de la India antigua, que dice estar resucitando en nombre de un futuro mejor.

En pocas palabras, Erdogan y Modi han consolidado su poder a través de la glorificación del pasado, presentándose como agentes del cambio dinámicos y visionarios, héroes cabalgando sobre caballos blancos, blandiendo espadas para cortar los nudos gordianos que impiden el progreso de sus respectivos países.

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Al mismo tiempo, ambos se han definido como afuerinos políticos que representan a los turcos o indios “reales” que por tanto tiempo habían sido marginados por los secularistas cosmopolitas. Fue un mensaje político bien recibido en los momentos en que llegaron al poder, cuando había un alto descontento popular. La narrativa del resentimiento contra las elites seculares establecidas, salpicada de un discurso religioso y chovinista y un revisionismo histórico, facilitó su surgimiento como voces de las clases medias periféricas y ciudades y pueblos secundarios.

Cuando Erdogan se convirtió en primer ministro por primera vez en 2003, su posición se reafirmó con el auge del crecimiento global que lo alentaba a transformar la política turca. Su fórmula política –una potente mezcla de identidad religiosa, mayorías triunfalistas, hipernacionalismo, creciente autoritarismo (que incluye un predominio institucional), limitaciones a los medios, fuerte crecimiento económico y una marca personal atractiva- lo llevó a la reelección como primer ministro dos veces, y luego a la presidencia en 2014.

Consciente o inconscientemente, Modi ha adaptado la fórmula de Erdogan a sus propios intentos de reorganizar India. Ha intentado marginar a los musulmanes y reforzar el chovinismo hindú. En general, las minorías se sienten amenazadas, ya que el nacionalismo de Modi no solo las excluye, sino que las presenta como traidoras.

Más aún, en la India de Modi las lealtades políticas a menudo se compran, y las instituciones se subvierten para servir una agenda sectaria y estrecha de miras. Quienes disienten en los medios de comunicación y las universidades han sufrido intimidación. La única área en que Modi ha tropezado es el crecimiento del PIB, debido a los grandes fallos de administración económica de su gobierno.

A nivel internacional, también hay notables paralelos entre las conductas de Erdogan y Modi. Ambos impulsan políticas externas activistas que apuntan a reforzar su imagen interna y han cultivado el apoyo de las diásporas. Puede que los discursos de Erdogan en los Balcanes entren en conflicto con Estados Unidos y Europa, e incluso con los serbios y los croatas, pero elevan su prestigio entre los turcos. Cuando Modi participa en actos políticos a estadio lleno en sus visitas al exterior, sus discursos apuntan también al público en India.

Soner Captagay, analista turco y autor de un libro sobre Erdogan, subrayó hace poco: “La mitad del país lo odia y piensa que no puede hacer nada bueno. Pero, al mismo tiempo, la otra mitad lo adora y piensa que no se puede equivocar en nada”. Lo mismo vale para Modi en India,

Por supuesto, hay diferencias importantes entre Turquía e India. Para comenzar, la población turca de 81 millones es menos de la mitad de apenas un estado indio, Uttar Pradesh, con su población de 210 millones. Turquía es en un 98% musulmana, mientras que India es solo un 80% hindú. El islamismo, como los chovinistas hindús no se cansan de observar, es un fenómeno global, mientras que el “hindutva” (nacionalismo religioso hindú) no. No existe en Turquía un equivalente del Mahatma Gandhi, con su mensaje de no violencia y coexistencia con el que se educan los escolares indios desde sus primeros años.

Más aún, Turquía es más o menos un país desarrollado, mientras que India todavía tiene un largo camino para serlo. Y, a diferencia de India, Turquía nunca fue colonizada o segmentada por razones religiosas, como ocurrió para la creación de Pakistán (aunque el intercambio de poblaciones que acompañó a la separación de Turquía y Grecia se asemeja bastante).

Lo que Turquía ha tenido (e India no) son periodos de régimen militar. De hecho, la democracia india está profundamente arraigada, lo que la hace menos vulnerable a su secuestro por un solo gobernante. Esto explica, en parte, por qué es tan difícil para muchos indios imaginar a su país siguiendo los pasos de Turquía para convertirse en una democracia antiliberal sujeta a los dictados de las mayorías con un autócrata al mando.

Pero, si bien Modi y el BJP no han logrado el nivel de “captura del estado” de Erdogan y el AKP, cabe considerar que la diferencia entre ellos es de 11 años, y el camino que han emprendido es lo suficientemente parecido como para invitar a hacer comparaciones… y causar preocupación. Las campanas de advertencia ya se pueden sentir: al igual que la lira turca, la rupia india ha perdido más de un 5% de su valor este último mes. En ambos países se aproximan elecciones: Turquía este mes e India en la primavera de 2019. ¿Prestarán atención los votantes a estas señales de advertencia?

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

http://prosyn.org/UEP2T6a/es;

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