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Milosevic y Hussein: la farsa como juicio

Los juicios de los criminales de guerra solían ser un asunto serio. Recordemos las fotografías de Herman Goering y Rudolf Hess sentados, taciturnos, en el banquillo en Nuremberg. Algunos líderes nazis incluso fueron colgados después de juicios relativamente cortos pero justos.

Actualmente, los procesos legales contra los líderes más malvados del mundo se han convertido en una farsa. El juicio de Saddam Hussein y sus secuaces del partido Ba'ath es una serie interminable de vergüenzas. Los acusados usan una treta tras otra y Hussein muestra su desprecio de todas las formas posibles. Es difícil esperar un resultado que sea legítimo a ojos de los iraquíes o del mundo.

Mientras tanto, el juicio de Slobodan Milosevic se convirtió en funeral después de cuatro años de testimonios aburridos y un costo de más de 200 millones de dólares. En Camboya, las Naciones Unidas y el gobierno llevan casi diez años titubeando sobre la forma de llevar a juicio a los miembros sobrevivientes del Khmer Rouge.

Los asesinos de masas que tomaron el poder en el siglo veinte estuvieron condenados a morir en revueltas populares o a que se les juzgara por sus crímenes –esto es, si no morían en el cargo. ¿A quién le puede enorgullecer que el último jefe comunista de Rumania, Nicolai Ceaucescu, y su esposa fueran ejecutados sin siquiera la menor apariencia de un juicio justo? Las formalidades de un tribunal real siempre parecen mejores que la justicia instantánea, aunque el resultado final también sea la muerte.