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Agua para Oriente Medio

FEZ – El Programa Mundial de Evaluación de los Recursos Hídricos de las Naciones Unidas confirma lo que muchos ya sabían: cientos de miles de personas en la región de Medio Oriente y África del Norte (MENA, por su sigla en inglés) —especialmente en Argelia, Jordania, Libia, Marruecos, Palestina, Sudán, Siria y Yemen— han enfrentado en 2016 las peores sequías desde hace décadas. Esto es lo último que la región necesita mientras se esfuerza en pos del crecimiento y la diversificación económicos.

Diversos factores han contribuido a la situación actual, entre ellos, el cambio climático, la desertificación, la contaminación del agua y el uso inapropiado de los recursos naturales. La información, la educación y la comunicación inadecuadas exacerban muchos de estos desafíos, ya que refuerzan la falta de conciencia sobre —ni qué decir de la falta de compromiso con— las prácticas favorables al medio ambiente. Sumemos a eso una inadecuada reducción y gestión de los riesgos de desastres por parte de los gobiernos —muchos de los cuales deben ocuparse de otros conflictos y crisis— y la situación se torna verdaderamente desesperada.

Erdogan

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Argelia, por ejemplo, ha estado experimentando su peor sequía en cinco décadas. Como gran parte de la agricultura del país depende fuertemente de las lluvias, debido a la falta de infraestructura el rendimiento de las cosechas cayó un 40 % este año. A pesar de su vasta riqueza en petróleo y gas, Argelia no ha logrado contar con suficientes recursos hídricos asequibles para su población, ni qué decir de oportunidades de empleo adecuadas. En consecuencia, el país se está viendo sacudido por protestas populares.

Libia ha enfrentado una inestabilidad aún mayor, derivada de años de conflicto interno. Los cortes de energía y la escasez de combustible resultantes afectaron la distribución del agua en el país. El verano pasado, la ONU debió proveer a Libia unos cinco millones de litros de agua desde los países vecinos para cubrir sus necesidades.

En Jordania, la escasez de agua se da con devastadora frecuencia, especialmente en las ciudades más grandes, como Amán. Se estima que Jordania tiene reservas de agua suficientes para dos millones de personas, sin embargo su población supera los seis millones, sin incluir al millón y medio de refugiados sirios que residen actualmente en ese país.

En épocas de escasez, son los refugiados quienes tienen más probabilidades de verse expuestos a sus efectos. La provisión de agua en muchos campos de refugiados, tanto en Jordania como en Líbano, se han reducido a un mínimo, una decisión que afecta a millones de personas que ya sufren temperaturas infernales. En Rukban, un campo de refugiados en la frontera conjunta jordana con Siria e Irak, más de 85 500 residentes reciben apenas 5 litros al día por persona para cocinar, beber e higienizarse.

La situación en Yemen es igual de deprimente. Atormentado por la violencia sectaria y la guerra civil, el país no cuenta con un gobierno operativo para gestionar los recursos hídricos. Su capital, Saná, podría secarse en diez años y, con la mitad de la población yemení sin acceso al agua limpia, las cosechas mueren y las enfermedades se difunden. La ONU estima que 14 000 niños de menos de 5 años mueren al año por desnutrición y diarrea. Mientras tanto, los granjeros perforan a mayor profundidad que nunca en busca de agua —algunos pozos tienen más de 500 metros de profundidad— sin regulación alguna.

Puede que falte mucho para una intervención eficaz del gobierno en Yemen, pero resulta posible —y, de hecho, imprescindible— en otros países de MENA. En primer lugar, los gobiernos nacionales deben trabajar para modernizar las prácticas agrícolas. Entre las tareas necesarias se encuentra la capacitación de los granjeros y la introducción de herramientas de irrigación más eficientes. Reducir la dependencia de los granjeros de las precipitaciones es fundamental.

Algunos países —a saber, Marruecos y Jordania— ya han dado algunos pasos importantes en esta dirección. El gobierno marroquí, en especial, ha implementado esfuerzos sustanciales para desarrollar sus recursos hídricos, incluso mediante la construcción de represas.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer. La eficiencia de la distribución del agua en Marruecos continúa siendo baja: es solo del 60 % para la irrigación. En un país que ha experimentado más de 20 sequías en 35 años, este constituye un grave problema. La buena noticia es que el Banco Asiático de Desarrollo aprobó recientemente un crédito de más de 88 millones de EUR (98,7 millones de USD) para financiar un proyecto orientado a la mejora de la calidad de la distribución del agua.

Esto apunta a un dato fundamental: ningún país puede lograrlo por sí solo, la cooperación regional internacional es tremendamente necesaria. Los países de MENA deben apoyarse entre sí para implementar programas basados en lo que ya ha funcionado en otros lugares.

Además, se debe asignar una inversión adicional —con financiamiento interno e internacional— a la reparación de la envejecida infraestructura hídrica, así como a nuevos proyectos, como represas y embalses de agua bien diseñados. Y se deben hacer esfuerzos mayores para salvaguardar los recursos hídricos existentes.

En esto el público tiene un importante papel que desempeñar, pero los ciudadanos deben primero adquirir conciencia no sólo sobre cómo usar el agua de manera más sensata, sino también sobre la manera de protegerse contra el riesgo de desastres relacionados con el clima.

Para el sector privado y las ONG, la mejora de la gestión del agua en MENA presenta una importante oportunidad para invertir en la provisión de servicios de agua y la tecnología relacionada. Se estima que el mercado regional de servicios locales de servicios sanitarios e hídricos ampliados es de más de 200 000 millones de USD. Los proyectos orientados a cubrir la demanda son una inversión inteligente.

Pero los primeros pasos dependen de los gobiernos, si no actúan para conservar las reservas hídricas y estandarizar la oferta, las poblaciones más indefensas continuarán sufriendo, una situación que fácilmente puede llevar a disturbios o algo peor. De hecho, si no se hace nada para atender a los desafíos hídricos que enfrenta la MENA, es posible que estos deriven en futuras guerras.

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En el próximo encuentro de la Conferencia de las Partes para la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático, que tendrá lugar en Marruecos en noviembre, el agua debiera ocupar uno de los primeros lugares en la agenda. Dado que más del 80% de las contribuciones nacionales a la lucha contra el cambio climático de los países del hemisferio sur se centra en los desafíos hídricos, ya no es posible posponer la acción coordinada de los gobiernos y actores internacionales.

Traducción al español por Leopoldo Gurman.