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El despertar de un siglo nuevo para Medio Oriente

NUEVA YORK – Estados Unidos, la Unión Europea y las instituciones lideradas por Occidente como el Banco Mundial suelen preguntarse por qué Medio Oriente no puede gobernarse a sí mismo. La pregunta es sincera, pero revela poca reflexión. El mayor impedimento al buen gobierno en Medio Oriente ha sido no haber podido gobernarse a sí mismo: las instituciones políticas regionales han quedado incapacitadas por repetidas intervenciones de Estados Unidos y Europa, que se remontan a la Primera Guerra Mundial, y en algunos lugares incluso antes.

Un siglo ya es mucho. El año 2016 debería señalar el inicio de un siglo distinto, con una política de matriz regional que encare con urgencia los desafíos del desarrollo sostenible.

La suerte de Medio Oriente durante los últimos cien años quedó echada en noviembre de 1914, cuando el Imperio Otomano eligió el bando perdedor en la Primera Guerra Mundial. El resultado fue el desmantelamiento del imperio y la imposición de un control hegemónico de sus restos por las potencias vencedoras: Gran Bretaña y Francia. La primera, que ya controlaba Egipto desde 1882, asumió el control efectivo de los gobiernos de lo que hoy son Irak, Jordania, Israel y Palestina, y Arabia Saudita, mientras que la segunda, que ya controlaba gran parte del norte de África, asumió el control de Líbano y Siria.

Para asegurar el dominio británico y francés del petróleo, los puertos, los corredores marítimos y las políticas exteriores de los líderes locales, se apeló a mandatos formales de la Liga de las Naciones y otros instrumentos de hegemonía. En la futura Arabia Saudita, Gran Bretaña apoyó el fundamentalismo wahabita de Ibn Saud contra el nacionalismo árabe del Hiyaz hachemita.