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Ascenso y caída de los sistemas de salud de Medio Oriente

SEATTLE – Parece que gran parte del progreso logrado por los países árabes de Medio Oriente y el norte de África en las últimas décadas se perdió por la agitación política y las guerras civiles que azotan la región. Este retroceso es especialmente visible en los sistemas de salud de Egipto, Jordania, Libia, Siria, Túnez y Yemen, que antes venían mejorando en forma sostenida.

Hasta 2010, estos países experimentaron un aumento de la expectativa de vida y una reducción de la carga de enfermedades infecciosas y la mortalidad materno‑infantil. Pero en la actualidad, los problemas a los que se enfrentan sus sistemas de salud agravan el trauma y la miseria provocados por los numerosos conflictos de la región.

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Esto surge claramente de un estudio que escribí hace poco en coautoría para The Lancet, en el que examinamos datos del Estudio sobre la Carga Global de Enfermedades 2013 para determinar los efectos del deterioro de los sistemas sanitarios en los países del Mediterráneo oriental.

Hallamos que de 2010 a esta parte, en todos los países se redujo la proyección de expectativa de vida. Por ejemplo, si en Siria hubiera seguido creciendo al mismo ritmo que entre 1990 y 2008, hoy sería cinco años más para las mujeres y seis años más para los hombres. En Libia, la expectativa de vida se redujo en seis años para las mujeres y nueve para los hombres. Y en Egipto, Túnez y Yemen, se redujo 0,25 años entre 2010 y 2013.

La reducción mayor producida en Siria y Libia era previsible, dadas las guerras civiles en ambos países. El enviado especial de las Naciones Unidas en Siria calcula que en los últimos cinco años murieron 400 000 personas en aquel país como resultado de la violencia. Además, la conmoción tuvo efectos secundarios no tan obvios pero igualmente alarmantes. Por ejemplo, tras un descenso promedio anual del 5,6% entre 1990 y 2010, la tasa de mortalidad infantil en Siria aumentó 9,3% en los últimos años.

En los países en conflicto, la destrucción de infraestructuras suele ser indiscriminada. Las prohibiciones internacionales no han logrado detener los ataques a centros de salud. Además, en un contexto de guerra y seria agitación social, los profesionales médicos y de salud mental suelen huir a entornos más seguros, lo que deja a quienes quedan detrás (cualquiera sea su condición o nivel de ingresos) privados de tratamiento básico para todo tipo de dolencias, desde heridas hasta el abuso de drogas y alcohol.

De hecho, los conflictos en la región son especialmente peligrosos para personas que sufren enfermedades mentales y adicciones. La proporción de la carga total de enfermedades, medida en años de vida, correspondiente a trastornos sicológicos y adictivos aumentó de 4% en 1990 a más de 7% en 2013, y en algunos países mucho más que en otros. Sin un final de la guerra a la vista, el impacto será todavía mayor en 2016.

Se evidencian tendencias sanitarias negativas incluso en países que han tenido crecimiento económico. Tanto en Qatar como los Emiratos Árabes Unidos hay un aumento del uso de drogas y alcohol, señal de que la tensión derivada de la mera proximidad con la violencia en otros países, combinada con una creciente apertura y un enorme aumento de la producción de drogas ilícitas en zonas en conflicto como Afganistán, puede empujar a las personas al abuso de sustancias como mecanismo de defensa.

Las áreas vecinas a estas zonas también soportan la mayor crisis de refugiados en 70 años. La entrada masiva de personas a campamentos en Líbano y Jordania desbordó los sistemas sanitarios; hubo brotes de enfermedades infecciosas y reaparecieron en algunas áreas dolencias que estaban casi erradicadas, como la polio entre los refugiados sirios en Irak. La mayoría de los países que reciben refugiados no están preparados para hacer frente a semejante flujo masivo de personas necesitadas de servicios sanitarios y sociales.

El veloz deterioro de los sistemas sanitarios en Medio Oriente y el norte de África durante el lustro que pasó es alarmante. Pero el progreso que hicieron muchos países de la región en las décadas anteriores da motivos para esperar que sea reversible. Por ejemplo, un aumento de las inversiones en educación, diagnóstico y tratamiento ayudaría a reducir la estigmatización de la enfermedad mental, que subsiste en muchos países árabes.

Pero reanudar el progreso de la región no será posible sin soluciones políticas que reduzcan la violencia y la agitación social. Como reza la conclusión de nuestro estudio: “un Mediterráneo oriental saludable es un Mediterráneo oriental políticamente estable que beneficiará al mundo entero”.

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Para mejorar el sistema sanitario de un país en conflicto, primero hay que estabilizarlo. Una vez logrado eso, hay que acelerar el trabajo regional y local en pos de mejorar la prevención de enfermedades y la infraestructura sanitaria, y poner la región otra vez en camino a un futuro mejor y más saludable para su gente.

Traducción: Esteban Flamini