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El vaso medio lleno de las Naciones Unidas

NAIROBI – Se dice que las familias atrapadas en los combates en Siria comen "ensaladas" hechas de hojas y pasto para paliar el hambre. Según la agencia de refugiados de las Naciones Unidas, más de dos millones de sirios huyeron a los países vecinos. En su país, muchos más enfrentan un invierno brutal sin alimentos, medicinas o refugios adecuados. Y, como si las condiciones no pudieran ser peores, el país enfrenta un brote de polio.

La respuesta internacional a la crisis de Siria ha sido poco menos que desastrosa. De hecho, Siria parece ser la representación del fracaso de las Naciones Unidas. El Consejo de Seguridad está paralizado. En Damasco, aspirantes a mediadores van y vienen; hablan de diplomacia pero no consiguen nada. Las agencias de socorro están impedidas de operar donde más se las necesita.

Sin embargo, es evidente que sin las Naciones Unidas, la situación sería aún peor. El Líbano, Jordania y Turquía estarían bajo una presión inclusive mayor de parte de los refugiados que cruzan en hordas sus fronteras. Y si bien los esfuerzos por lograr un cese del fuego fracasaron, la diplomacia no -al menos, no del todo-. En octubre, inspectores de las Naciones Unidas tomaron medidas iniciales para destruir los arsenales y las instalaciones de armas químicas de Siria, con la plena cooperación del gobierno.

En Siria -como en tantas otras zonas afectadas por el conflicto, donde las Naciones Unidas luchan por promover la paz y la estabilidad- no existe lo que se llama una victoria absoluta. Como me dijo una vez un estadista experimentado, "En las Naciones Unidas, no nos conformamos con un fracaso, tampoco esperamos un triunfo". En las negociaciones diplomáticas, se consigue lo que se puede. En las crisis humanitarias, se hace lo que se puede -por lo general, demasiado poco y, muchas veces, demasiado tarde-. "Bebemos de una taza que está eternamente llena por la mitad", concluyó.