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Una cura holandesa para la enfermedad holandesa

STANFORD – Son muy pocos los gobiernos que le ponen un freno a los estados benefactores inflados de sus países antes de que el desastre golpee a la puerta. En consecuencia, algunos ciudadanos llegan a sufrir el equivalente económico de un ataque cardíaco: una caída dolorosa del nivel de vida en tanto son victimizados por el fin de juego de programas insostenibles. Grecia y la ciudad de Detroit son sólo los ejemplos lúgubres más recientes.

Muchos más son los que padecen un crecimiento magro e ingresos que apenas suben, resultado de la combinación tóxica de exceso de gasto por parte del gobierno, regulaciones engorrosas e impuestos corrosivos. Gran parte de Europa encaja en esta categoría de estancamiento económico.

Ocasionalmente, sin embargo, los gobiernos abandonan de manera exitosa la disfunción del estado benefactor. Canadá redujo el gasto en más del 8% del PBI en los años 1990, y Estados Unidos redujo el gasto no militar en un 5% del PBI a partir de mediados de los años 1980 -una tendencia sustentada por gobiernos de centroderecha y centroizquierda por igual.

De modo que, cuando un país europeo revierte su curso para reducir la dependencia del estado benefactor y restablecer incentivos laborales, vale la pena prestar atención -especialmente cuando ese país es Holanda, que creó uno de los estados benefactores más expansivos del mundo en los años 1960 y 1970.