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«Delitos» políticos

STANFORD – Con la caída del muro de Berlín hace un cuarto de siglo, los entendidos liderados por Francis Fukuyama proclamaron el fin de la historia: el triunfo del capitalismo democrático sobre los sistemas rivales. El éxito económico estadounidense y el colapso del comunismo alimentaron esa narrativa. La prolongada confrontación política e intelectual – y a veces militar– que conocimos con el nombre de Guerra Fría, había terminado.

De hecho, en una reunión en Varsovia durante el invierno de 1990, el presidente polaco y jefe del Partido Comunista, general Wojciech Jaruzelski, declaró ante mí y los colegas de mi gabinete que «las fuerzas de la historia nos han llevado inevitablemente al capitalismo». Era incapaz de liberarse de la dialéctica hegeliana, pero ahora admitía que el comunismo había equivocado completamente el punto de llegada de la historia.

Un par de décadas más tarde, diversas formas de capitalismo han logrado maravillas en algunos de los antiguos países comunistas y socialistas. Polonia es un excelente ejemplo de una exitosa transición económica y política.

Pero el capitalismo dista de florecer por doquier. Corea del Norte, que nunca tuvo una transición y mantiene una torpe planificación central, es un caso económico perdido. Y el socialismo blando combinado con los «campeones nacionales» subsidiarios declina en Francia.