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Crisol de culturas o descomposición económica

Los antiguos miembros de la UE, preocupados por una invasión de trabajadores migrantes procedentes de los nuevos miembros de la Europa central y oriental, han erigido barreras altas para impedir esa corriente. Pese a la retórica del mercado abierto de la UE, para la mayoría de los ciudadanos de los nuevos Estados miembros la libertad de movilidad laboral no será una realidad al menos durante los siete próximos años.

Se trata de una medida políticamente comprensible, pero errónea. Uno de los logros decisivos de la Unión Europea es la movilidad de bienes e insumos. Sin ella, ¿qué clase de unión sería la UE? Si no, ¿qué obtienen exactamente los nuevos países de su adhesión, aparte de las fastidiosas intrusiones de la burocracia de Bruselas?

En vista de las grandes esperanzas que precedieron a la ascensión a la UE y la mezquina actitud de la Unión para con sus nuevos miembros, no ha de sorprender a nadie que no tarde en surgir una reacción antieuropea en esos países. De modo que la cura es tan mala como la enfermedad: la discriminación contra los nuevos miembros crea problemas políticos propios a la Unión.

Lo que hay que preguntarse, en realidad, es si de verdad hay una enfermedad. ¿De verdad debe estar preocupada la Europa occidental por una enorme afluencia de nuevos inmigrantes? De hecho, las posibles corrientes migratorias del Este al Oeste serán, según los cálculos existentes, relativamente pequeñas. Según An agenda for a growing Europa ("Programa para una Europa que crece"), informe publicado por la Oxford University Press en 2004 para la Comisión Europea, durante los dos primeros años de 250.000 a 450.000 trabajadores se trasladarán al Oeste y posteriormente les seguirán de 100.000 a 200.000, aproximadamente, al año.