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Mi medicina

Francis Collins, director de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos, nos guía a través de la agitación en su nuevo libro The Language of Life – DNA and the Revolution in Personalized Medicine (El lenguaje de la vida –El ADN y la revolución de la medicina individualizada). Como señala, “Estamos a la vanguardia de una verdadera revolución en el campo de la medicina, una que promete transformar el enfoque tradicional “estándar” en una estrategia mucho más poderosa que considera único a cada individuo y con características especiales que deben guiar el enfoque para conservar la salud. Sin embargo, tenemos que estar listos para adoptar este nuevo mundo”.

Este cambio radical hacia la medicina genética personalizada promete ofrecernos la información sobre nuestra identidad personal más profunda –nuestro ser genético- y dejar que sorbamos el elixir de la vida en la forma de medicamentos y pruebas diseñadas individualmente. Sin embargo, ¿podemos realmente creer estas promesas?

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La medicina genética personalizada no es el único avance importante. Las empresas comerciales como los bancos privados de sangre exaltan la importancia de la singularidad de la sangre del cordón umbilical de su bebé. Las tecnologías de mejora, como las que estimulan profundamente el cerebro –“botox para el cerebro”- promueven la idea de que usted tiene que ser el mejor “yo” posible. De hecho, la biotecnología moderna se centra cada vez más en “mi medicina”, en la que la marca es el supuesto carácter distintivo de cada paciente.

Sin embargo, todas estas tecnologías son más una exageración que una realidad –y a veces una exageración peligrosa. El Congreso, así como la Agencia de Alimentos y Medicamentos Alimentos (FDA) de los Estados Unidos están realizando una investigación de las pruebas genéticas personales porque inducen a los consumidores a pensar que sabemos mucho más de lo que realmente es sobre la relación entre ciertos genes y la probabilidad de desarrollar determinadas enfermedades.

Del mismo modo, se ha mostrado que almacenar la sangre del cordón umbilical en bancos privados  es clínicamente menos efectivo que hacerlo en bancos públicos que la recolectan y almacenan, lo que ha conducido a la elaboración de dos informes realizados por destacadas asociaciones de obstetras escépticos en los que desaconsejan la costumbre de colectar la sangre en el parto. Además, las tecnologías mejoradas, que supuestamente nos permiten convertirnos en “transhumanos”, han sido objeto de mucha publicidad pero en gran parte siguen siendo especulativas.

 El reconocimiento de los avances más grandes de salud y la longevidad humana en los dos últimos siglos se debe a “nuestra” medicina, no a “mi” medicina. Los programas de salud e higiene públicos, las vacunas de la polio y la viruela, y la detección de la tuberculosis en escuelas y lugares de trabajo han contribuido en mayor medida en mejorar la salud en el mundo occidental y en otros lugares.

No obstante, asusta cuando padres de familia creen que hay un vínculo entre las vacunas infantiles y el autismo, cuando los expertos de los medios se mofan de las medidas de salud pública para prevenir la propagación de la gripe porcina, o cuando un investigador británico argumenta que “el flagelo del envejecimiento es peor que la viruela,” las vacunas, la prevención de epidemias y los programas de detección se van a la basura. En cambio, hay una preferencia indiscutible e irreflexiva por “mi” medicina, en parte porque responde a los puntos centrales de nuestra psique, los que tienen que ver con la “elección”, la “individualidad” y lo “especial.”

La nueva biomedicina originalmente se financió y promovió como una iniciativa de salud pública que nos beneficiaría a todos. Hubo muchas esperanzas de curas generalizadas cuando se completó hace diez años el Proyecto del Genoma Humano –financiado por una institución privada de beneficencia médica, un Consejo de Investigación británico y los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos.

En cambio, una quinta parte del genoma humano ahora está sujeto a patentes privadas, lo que quiere decir que los pacientes no pueden pagar las pruebas genéticas que causan el cáncer, y los investigadores no hacer avances si otro equipo posee las patentes de los genes que quieren estudiar. ¿Qué salió mal?

Parte de la respuesta tiene que ver con la mística de la genética: la idea de que yo simplemente soy mis genes y por ello soy único. La mística genética apela al individualismo de la cultura occidental y parece darle una base científica. También están en juego poderosos intereses comerciales, lo que significa que las investigaciones a menudo se concentran en las enfermedades que tienen un vínculo genético cuyo diagnóstico y tratamiento producirá los mayores beneficios, en lugar de la mayor reducción de la mortalidad global.

Algunos tratamientos genéticos personalizados bien pueden ser un signo de avance, como la farmacogenética, que promete regímenes de medicamentos diseñados según el propio genoma del paciente. Si esta nueva tecnología funciona podría disminuir los efectos más nefastos de la quimioterapia para curar el cáncer: los oncólogos ya no tendrían que prescribir regímenes estándar si se puede diferenciar a los pacientes que son más receptivos al medicamento y entonces prescribirles dosis menos fuertes.

Sin embargo, el alto costo de desarrollar nuevos medicamentos significa que las compañías farmacéuticas necesitan mercados consistentes de pacientes para que sus inversiones sean rentables. ¿Se excluirá a los grupos étnicos minoritarios?

Durante un tiempo parecía que sucedía lo contrario con los nichos de mercado en los que la farmacogenética se centraba en las minorías étnicas. La medicina racial apareció en 2005 cuando la FDA aprobó BiDil, el primer medicamento que trataba a un grupo racial específico para curar la insuficiencia cardiaca en los afroamericanos. Sin embargo, no había una evidencia clínica real que mostrara que el medicamento funcionaba mejor en afroamericanos, y ha sido retirado del mercado.

No obstante, los avances importantes como el Proyecto del Genoma Humano ciertamente le han dado a la medicina un fuerte componente genético: hay una tendencia creciente para definir todas las enfermedades como genéticamente determinadas. Y ello significa una probable omisión de las medidas de salud pública en favor de pruebas genéticas individuales realizadas con escáner o servicios de pruebas genéticas personalizadas. Las pruebas genéticas, si se administran apropiadamente, pueden salvar vidas, pero también pueden crear un sentimiento de que la responsabilidad de su salud le corresponde a usted, el paciente individual.

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La mística de la genética, la opinión legalmente discutible de que somos dueños de nuestros cuerpos, y el amplio alcance del mercado en nuestras vidas ha llevado a muchos a creer que “mi” medicina es lo único que cuenta. Cuando la salud pública la pagan individuos o sus empleados, “mi” medicina se convierte en una actitud natural.

No obstante, pasa como con el ebrio cuando busca sus llaves bajo el farol que alumbra la  calle, la biomedicina está en peligro de concentrarse solamente en el lugar más luminoso – no en los tratamientos de salud más efectivos, sino en los más personalizados y rentables, que actualmente van de la mano.