Germany's Chancellor Angela Merkel and President of the United States of America Donald Trump Leon Neal/Getty Images

Por qué los mercados y los politólogos no se ponen de acuerdo sobre el G-7

WASHINGTON, DC – Decir que la cumbre de líderes del G-7 de este mes en Canadá fue una reunión inusual sería una subestimación. Un encuentro tradicionalmente amistoso y predecible de países que piensan parecido se vio ensombrecido por acusaciones y desacuerdos, lo que resultó en la imposibilidad de alcanzar un consenso sobre un comunicado final. Pero, si bien los analistas políticos se apresuraron a declarar el fin de la coherencia, la integridad y la utilidad del G-7, los mercados no se alteraron. En verdad, el resultado de más largo plazo bien puede darles la razón a los mercados, aunque con algunas consideraciones importantes.

Se hizo público que los participantes en la cumbre del G-7 se enfrentaron por cuestiones como el cambio climático y la posibilidad de volver a admitir a Rusia. Pero la discordia sumamente publicitada estuvo alimentada principalmente por los desacuerdos sobre los efectos del comercio entre los miembros. Esos desacuerdos -amplificados por las persistentes diferencias en torno a datos básicos- impidieron el progreso en otras áreas donde un mayor consenso podría haber sido posible, entre ellas Irán, algunas otras cuestiones de Oriente Medio, Corea del Norte, migración y ayuda a los refugiados.

Los representantes de Estados Unidos acusaron a los otros miembros del G-7 de "prácticas comerciales injustas" que, según dicen, han afectado desproporcionadamente a la economía de Estados Unidos y a sus trabajadores. El resto del G-7 -todos los aliados tradicionales de Estados Unidos- confrontó al presidente Donald Trump con datos que, esperaban, pudieran demostrar que el comercio había sido muy beneficial para todos los países.

Pero Estados Unidos se mantuvo firme en su postura. Sin concesiones de sus socios comerciales, como una mayor reciprocidad, Estados Unidos, según declararon inequívocamente los representantes de su gobierno, implementaría nuevos aranceles a las importaciones de Canadá, la Unión Europea y Japón.

Esta estrategia señala una marcada diferencia respecto del pasado, y otra sacudida al establishment y la opinión de los expertos. Si bien hacen falta algunos cambios en las relaciones comerciales, en el pasado esos cambios habrían sido implementados de una manera ordenada y cooperativa -no bajo una constante y creciente presión arancelaria-. Por el contrario, las principales economías del Occidente geopolítico parecen dispuestas a entablar una disputa arancelaria en represalia, que podría escalar hasta convertirse en una guerra comercial declarada que afecta a todos sus miembros.

Pero no fueron solamente otras economías occidentales las que indignaron a Estados Unidos. La administración Trump está presionando a China para que se ocupe del robo de propiedad intelectual y reduzca las barreras no arancelarias (como los requerimientos de empresas conjuntas). Aquí, todos los demás miembros del G-7 coinciden en que los reclamos de Estados Unidos son legítimos, y en que también se están viendo perjudicados.

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Sin embargo, dado el conflicto sobre el comercio al interior del G-7, el grupo no pudo unirse para brindar una respuesta integral y coordinada a China. Luego de la cumbre hubo una escalada de la disputa comercial entre China y Estados Unidos, lo que agravó la incertidumbre que hoy amenaza un repunte sincronizado del crecimiento que, debido a las insuficientes reformas en materia de políticas, ya está perdiendo fuerza en muchos países con excepción de Estados Unidos.

La fallida cumbre del G-7 le asestó un golpe muy público a un grupo que alguna vez fue poderoso y que ya se había visto amenazado por un realineamiento económico global, el surgimiento del G-20 -más representativo-, y nuevas formas de regionalismo. De manera que tal vez no sorprenda que algunos politólogos hayan declarado el fin del G-7. Aun así, cuando los mercados abrieron el lunes por la mañana, no se vieron afectados en absoluto por los acontecimientos del fin de semana; para ellos, la cumbre del G-7 básicamente fue un fiasco.

En un sentido, esta disparidad se puede explicar mediante el hecho de que las luchas internas dentro del G-7 sólo tendrán un impacto pequeño y estrecho en el crecimiento, especialmente en comparación con factores como la política monetaria. Más esencialmente, los mercados han estado condicionados a posponer cualquier ajuste de precios significativo hasta que exista una evidencia abrumadora sobre efectos económicos y financieros negativos.

En los últimos años, los mercados han enfrentado un conjunto inusualmente grande (y creciente) de declaraciones y maniobras políticas poco convencionales. Pero, en general, la retórica no se tradujo en hechos reales, y las acciones que se han tomado terminaron siendo intrascendentes para la actividad económica y los precios de los activos.

Eso fue lo que pasó con la pelea retórica de Trump el año pasado con el líder norcoreano Kim Jong-un, que según predijeron algunos analistas políticos conduciría a un conflicto armado. Es lo que sucedió también con el creciente revanchismo ruso, que algunos vieron como una antesala de una nueva guerra fría disruptiva, y con el éxito electoral de los partidos euroescépticos y populistas en la Unión Europea, que para algunos conduciría a la disolución de la UE.

Para los mercados, esperar una evidencia contundente sobre el impacto económico, en lugar de reaccionar ante cada comunicado o evento, les terminó conviniendo. Probablemente ésa sea la estrategia correcta también para la cumbre del G-7 -y no sólo porque el impacto del organismo en los resultados globales haya disminuido en los últimos años-. Dada la gran cantidad de vínculos económicos, financieros, institucionales, políticos y sociales de larga data entre los miembros del G-7 -que actúan como estabilizadores-, la próxima cumbre bien podría ser más afable y constructiva que ésta.

El G-7 no ha recibido un golpe letal; todavía puede desempeñar un papel en la escena global, y lo hará -aunque sea menos importante-. Pero eso no significa que la debacle en Canadá no vaya a tener costos. Los miembros del G-7 perdieron una oportunidad valiosa para desarrollar posiciones comunes en torno a cuestiones sobre las que podrían estar de acuerdo, y el resto del mundo tuvo ante sus ojos más pruebas de que las relaciones de larga data entre el núcleo y la periferia del sistema global ya no están tan apuntaladas por la unidad entre las potencias económicas y financieras establecidas. En un momento de considerable fluidez política y social, desestabilizar a los sostenes que aún están en pie representa un riesgo para el sistema en su totalidad.

http://prosyn.org/cokvpgR/es;

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