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Errores brillantes

BALTIMORE – Se dice que Thomas Edison alguna vez dijo "No fracasé. Sólo descubrí 10.000 maneras que no funcionaban". Esta declaración resume una verdad fundamental -aunque muchas veces malentendida- sobre la investigación científica. El progreso en la ciencia -como en cualquier disciplina creativa- no es una marcha directa hacia la respuesta, sino un sendero complejo y sinuoso que involucra muchos traspiés y callejones sin salidas. Las equivocaciones no sólo son inevitables; son esenciales para el pensamiento innovador, porque les señalan el camino a otros exploradores.

Uno podría preguntarse si la atmósfera científica altamente competitiva y hambrienta de financiamiento de hoy, en la que las publicaciones y las citas se han convertido en un criterio primordial para el éxito, pueden dar cabida a ese tipo de errores. La respuesta simple es sí. De hecho, son tan importantes como siempre –y no sólo en el ámbito académico.

Aleppo

A World Besieged

From Aleppo and North Korea to the European Commission and the Federal Reserve, the global order’s fracture points continue to deepen. Nina Khrushcheva, Stephen Roach, Nasser Saidi, and others assess the most important risks.

Por cierto, el método científico en su totalidad se basa en la noción de que descubrir algo que no funciona es vital para aprender lo que sí funciona. Cualquier teoría científica debe ser falsificable –es decir, debe estar basada en observaciones existentes o resultados experimentales-. Para que una teoría sea considerada científica, debe arrojar predicciones específicas de observaciones o resultados experimentales futuros. Si esas observaciones o resultados contradicen las predicciones, la teoría se desecha, o al menos debe ser modificada.

Los errores que son inherentes al progreso científico no son los que resultan del apuro, de la chapucería o de la inexperiencia. Más bien, son los errores que surgen de una experimentación razonada y  meticulosa basada en ideas audaces –el tipo de ideas que pueden conducir a avances importantes.

Fred Hoyle, uno de los principales astrofísicos del siglo XX, ofreció un ejemplo perfecto de este tipo de “error brillante”. Hoyle y dos de sus colegas propusieron lo que se llegó a conocer como el modelo de estado estacionario del universo, según el cual el universo no evolucionó después del llamado “big bang” (un término acuñado por Hoyle); por el contrario, fue constante y siguió siendo el mismo a lo largo de la eternidad.

La idea era brillantemente elegante: como nuestro universo es homogéneo (el mismo en cada punto en el espacio) e isotrópico (se ve igual en todas las direcciones), sigue siendo el mismo en cada punto en el tiempo. Mientras que la teoría del estado estacionario finalmente fue falsificada –nuestro universo se expande y muy probablemente se originó a partir de una gran explosión- le dio un impulso a todo el campo de la cosmología, porque puso en foco las cuestiones que debían abordarse. De hecho, los modelos actualmente de moda del multiverso –el concepto de que nuestro universo es un enorme ensamble de universos- son consistentes con la idea de que están colectivamente en una especie de estado estacionario.

El físico del siglo XIX William Thomson, más tarde conocido como Lord Kelvin, cometió su propio error brillante cuando calculó que la Tierra tenía menos de 100 millones de años –aproximadamente cinco veces más joven que la edad deducida a partir de mediciones radiométricas modernas-. Aunque la estimación de Kelvin estaba plagada de errores serios, el esfuerzo sigue siendo central en la historia del conocimiento, porque aplicó la ciencia real –las leyes de la física- a lo que durante mucho tiempo había sido objeto de una vaga especulación.

Las percepciones de Kelvin ayudaron a generar un diálogo fructífero entre geólogos y físicos –un diálogo que terminó dando solución incluso a problemas relacionados con la cantidad de tiempo necesaria para que operara la teoría de la evolución de Darwin-. Y la omisión que alteró la estimación de Kelvin –la posibilidad de que la moción fluida podía transportar calor de manera eficiente en el interior de la Tierra- resultó ser esencial para entender la tectónica de placas y la deriva continental.

Las compañías nuevas ejemplifican los beneficios potenciales de asumir riesgos. Si bien sólo alrededor del 49% de las empresas nuevas en el sector industrial y el 37% de las empresas nuevas en el sector de la información sobreviven cuatro años o más, aquellas que lo hacen logran generar avances innovadores.

Tom Watson Jr., que lideró IBM durante décadas de crecimiento sólido, es conocido por haber respaldado errores brillantes. Según sus propias palabras, “Deberíamos tener el coraje de asumir riesgos cuando son riesgos meditados… Debemos perdonar los errores que han sido cometidos porque alguien intentaba actuar de manera agresiva en beneficio de la compañía”.

El financiamiento de agencias para la investigación académica debería adoptar una filosofía similar y asignar una cierta fracción de financiamiento a propuestas razonadas y poco convencionales –aquellas consideradas riesgosas, debido a una probabilidad de éxito relativamente baja, pero que podrían conducir a descubrimientos importantes-. Un esquema de estas características crearía oportunidades para sacar ventaja de los hallazgos fortuitos –un componente importante del descubrimiento científico.

Hasta hace aproximadamente una década, el Instituto de Ciencias del Telescopio Espacial adoptó una política similar para asignar tiempo de observación al Telescopio Espacial Hubble. Por otra parte, cada año, al director del instituto le permitían asignar una cierta cantidad de tiempo discrecional para dedicarle a proyectos especiales que considerara importantes. En 1995, Robert Williams utilizó ese tiempo para asumir un riesgo importante: apuntó el telescopio a una zona aparentemente poco interesante durante casi diez días. El resultado fue una imagen de más de 3.000 galaxias a unos 12.000 millones de años luz de distancia –el llamado Campo Ultra Profundo del Hubble.

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De la misma manera, más cercano a casa, aproximadamente la mitad de nuestros descubrimientos de nuevos medicamentos se han originado a partir de accidentes. Por ejemplo, la isoniazida fue inicialmente testeada como una droga para la tuberculosis; la iproniazida, uno de sus derivados, más tarde resultó ser efectiva en el tratamiento de la depresión.

El espacio para cometer errores brillantes es vital para alcanzar el tipo de avances creativos que generan un progreso científico. Es hora de financiar instituciones para reconocerlo.