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La Dama de Hierro, la libertadora

JÁRKOV, UCRANIA – Toda prisión es sitio de duelo. Pero quizá la amarga ironía que supone que yo me haya enterado de la muerte de Margaret Thatcher en este lugar encierra una metáfora adecuada, ya que su muerte me hizo recordar la sociedad de mi juventud, una sociedad encarcelada cuya liberación se la debemos en gran medida a Thatcher.

Para muchos de los que crecimos en la Unión Soviética y en sus satélites de Europa del Este, Margaret Thatcher será siempre una heroína. No solo abrazó la causa de la libertad (en particular, la libertad económica) en Gran Bretaña y en Occidente, sino que al calificar a Mijaíl Gorbachov como un hombre “con el que se puede negociar” (en un momento en que casi todos los líderes democráticos tenían serias dudas sobre sus políticas de perestroika y glasnost), se convirtió en el catalizador esencial para el desbloqueo de nuestras sociedades gulag.

De hecho, para todos aquellos que en el mundo ex comunista intentaron construir una sociedad libre con lo que quedó del naufragio del totalitarismo, la “Dama de Hierro” se convirtió en un icono secular. Cualidades como su coraje y su perseverancia (no estaba allí para que la obligaran a “dar la vuelta”) nos dieron un ejemplo viviente de liderazgo inquebrantable en momentos de peligro político. Su fidelidad a sus principios y su determinación absoluta de luchar y luchar por una causa justa han sido para mí una fuente indudable de inspiración.

Una de las mayores alegrías de mi vida política fue cuando hace algunos años tuve oportunidad de compartir con Thatcher un almuerzo tranquilo en Londres y expresarle mi gratitud por haber reconocido que en nuestros países había una oportunidad para la libertad y tomar la iniciativa diplomática de ayudar a que se hiciera realidad. Mientras ocupé el puesto de primera ministra siempre tuve presente una frase suya: “No soy una política de consenso; soy una política de fuertes convicciones”. Su riguroso sentido de cuál es el auténtico deber de los políticos fue para mí una fuente de ánimo cada vez que tuve que librar alguna batalla política, ya que nuestra responsabilidad como líderes no es conservar el cargo, sino usar nuestro poder para mejorar las vidas de la gente y aumentar el alcance de su libertad.