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Maradona, Sacerdote y Victima de un Oscuro Rito Argentino

Al borde de la muerte pero aferrado a la vida, Maradona fue días atrás el sacerdote y la víctima de un rito trágico de los argentinos. Esa gente intensa y sufrida que vive en el Sur del mundo ha sabido crear héroes trágicos universales como Eva Perón y el Che. Maradona estuvo a punto de quedar finalmente entronizado en ese oscuro pedestal.

Evita y el Che fueron en toda su carrera pública personajes graves, entregados a tareas gigantescas, peligrosas y auroladas por la historia: lucharon para cambiar el mundo, se cargaron sobre sus espaldas a legiones de seres humanos sin que nadie se los pidiera. Los dos exigían demasiado de su frágil salud. A ambos la muerte los paró temprano. Al Che lo mató su fracaso político. A Eva la enfermedad posiblemente la salvó del fracaso político que alcanzó a su esposo pocos años después.

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A ambos la muerte temprana los enalteció en una alquimia antigua como la historia. Los viejos no hacen buenos héroes. Harán en todo caso buenos líderes, solemnes padres de la patria, luminarias. El Mao joven que guía a su pueblo como un Moisés es perjudicado por el viejo disminuido que se hacía entregar jovencitas y cometía un error político tras otro influido por su mujer.

En cambio, Evita y el Che están en la línea de héroes que consagró Alejandro Magno. La muerte temprana construye la idea de un destino hermoso interrumpido antes de su punto más alto y de la caída inevitable. Es sólo una idea pero es poderosa aunque no necesariamente lógica.

Entonces, lo que los celebramos en esos héroes trágicos es a gente como nosotros pero excepcional en su talento y en su capacidad para darle resonancia histórica a su destino. Celebramos a alguien que nos muestra cuán lejos podemos llegar, qué hermosos podemos ser los humanos (léase, los argentinos). Claro, para ser más eficaz el héroe tiene que morirse pronto.

Maradona no era un héroe trágico. Era un héroe de la alegría. Los combates que él libraba eran puro arte popular, representación, maravillosa puesta en escena; y sus victorias eran el triunfo de la belleza y la inteligencia. Sus opiniones politicas, tardias en su carrera, parecen apenas una descarga personal.

Su expulsion del Mundial '82 por doping lo instala públicamente en el camino de la tragedia pero los hilos de la muerte lo dirigían desde mucho tiempo atrás. Como el Che, como Evita, se había cargado a todo un pueblo sobre sus espaldas. A él se le pedían tareas aparentemente más sencillas, pero eso no aliviaba el peso. Su alma vulnerable se asfixiaba con el el amor obsesivo e insaciable de las muchedumbres pero no podía vivir sin esa droga. Estaba preso de su genio y de su necesidad igualmente insaciable. Estaba preso, como el mas comun de los mortales, de sus debilidades. ¿Quien le iba a decir a aquel chico que salia de la pobreza que la fama tenia este precio? Y en todo caso, ¿hubiera podido rechazarla?

Ahora que no juega más le demandan palabras, historias, presencia. Pero la vida no es un combate incruento como el fútbol. Y Maradona opina y se hace daño: se golpea contra las paredes del sistema, se intoxica… y se recupera para seguir cumpliendo con el guión de ese ritual que lo consume.

El clama: yo solo soy un jugador de futbol, no soy ejemplo de nadie. Envuelto en la multitud, nadie lo escucha.

Fotógrafos improvisados lograron escurrirse hasta su habitación de hospital; querían mostrar su cuerpo, no ágil y poderoso sino vulnerado y gordo en la intimidad de su combate con la muerte.

Maradona está condenado a permanecer desnudo a la luz de un día interminable bajo millones de ojos. Y su pueblo está condenado a perseguirlo y reclamarlo con una pasión que lo asfixia. ¡Trágica historia de amor!

Trágico ritual: no puede terminar bien.

¿Qué revelan estos héroes de los argentinos?

¿Un afán desesperado de encontrar espejos que los muestren bellos, jóvenes, excepcionales? ¿Una fascinación con la muerte que congela las ilusiones y las hace perdurables?

Pobre Maradona. Los argentinos tenemos dolores antiguos y dolores bien frescos. La caída sísmica de la Argentina en la pobreza tal vez no ha sido debidamente llorada ni pensada. Tampoco el derrumbe de los espejismos que construyó Menem: la Argentina del Primer Mundo. Ni la deslegitimación de las instituciones. Ni la corrupción, ni la violencia. Etcétera.

No lo culpo a Maradona por haber estado la mayor parte de los últimos años fuera del país: hay demasiado dolor suelto en la Argentina buscando alguien que lo exprese y no vaya a ser que le caiga puesto a él, tan dispuesto. Por eso mismo, no es extraño que se haya empeorado justo cuando volvió

Ni siquiera cuando luchaba adentro de un respirador automático la gente cesaba de pedirle que asumiera su rol en el sombrío ritual.

"Dale alegría, alegría a mi corazón".

Junto al hospital, al aire libre, en una calle de la ciudad triste que inventó el tango, la ceremonia se cumple como en un templo. Hay mensajes pegados en las paredes del edificio, fotos, recortes de diarios. Hay multitudes, hay gente rezando, hay altares paganos. La canción de Fito Paez, otro artista popular, sube en el aire con la melancolía necesaria entonada por todos. Parece un pedido desesperado:

"Dale alegría, alegría a mi corazón,

y dale alegría, alegría a mi corazón".

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¡Qué podía hacer el héroe! Estaba ocupado en que su propio corazón demasiado grande y cansado siguiera latiendo.

Un consejo, Diego. Ahora que te han dado el alta, hacé otra vez las valijas.