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El hombre, las máquinas y lo que hay entre ambos

TÜBINGEN, ALEMANIA ­– Actualmente estamos tan rodeados de dispositivos que a veces resulta difícil distinguir la frontera entre los aparatos y las personas. Desde las computadoras y escáneres hasta los aparatos móviles, un número creciente de seres humanos pasan mucha parte de sus vidas concientes interactuando con el mundo a través de la electrónica; la única barrera entre el cerebro y las máquinas son los sentidos de la vista, el oído y el tacto, mediante los cuales los humanos y los aparatos se comunican. No obstante, si se eliminan de la ecuación esos sentidos, los aparatos electrónicos pueden convertirse en nuestros ojos y oídos, e incluso nuestros brazos y piernas, para percibir el mundo que nos rodea e interactuar con él a través de software y hardware.

Esta no es una simple predicción. Las interfaces entre cerebro y máquina ya están bien establecidas clínicamente, por ejemplo, para restablecer el oído mediante implantes cocleares. Igualmente, es posible tratar a los pacientes con enfermedad de Parkinson en etapa terminal con estimulación cerebral profunda. Los experimentos que actualmente se llevan a cabo sobre prótesis neuronales indican un enorme potencial a futuro de intervenciones similares, ya sean implantes de retina o de células madre para los ciegos o dispositivos de registro de la actividad cerebral para controlar las prótesis.

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Las interfaces cerebro-máquina no invasivas basadas en registros de encefalogramas han restablecido las capacidades de comunicación de pacientes paralíticos. Ciertas investigaciones en animales y algunos estudios en seres humanos indican que un control total de miembros artificiales en tiempo real podría ofrecer a los pacientes paralíticos la oportunidad de agarrar o incluso de ponerse de pie y caminar con piernas artificiales controladas por el cerebro, aunque probablemente con medios invasivos, como el implante directo de electrodos en el cerebro.

Los avances futuros de la neurociencia, junto con la miniaturización de los dispositivos, permitirá una aplicación más amplia de las interfaces cerebro-máquina. Podría considerarse que esto es un desafío a nuestras nociones de persona y de facultades morales. Seguramente también se presentará la pregunta de si, puesto que se pueden restablecer funciones en caso de necesidad, es correcto utilizar estas tecnologías para mejorar las capacidades de individuos sanos.

No obstante, los problemas éticos que plantean estas tecnologías son conceptualmente similares a los que se presentan en el caso de terapias existentes, como los antidepresivos. Si bien las tecnologías y situaciones que surgen con los dispositivos de interfaz cerebro-máquina pueden parecer nuevas y desconocidas, plantean pocos desafíos éticos nuevos.

En los dispositivos de prótesis controlados por el cerebro hay una computadora que decodifica las señales de ese órgano. Esas señales se utilizan para predecir lo que el usuario pretende hacer. Invariablemente, algunas de las predicciones fallarán a veces, lo que podría conducir a situaciones peligrosas o al menos vergonzosas. ¿Quién es el responsable de los actos involuntarios? ¿La culpa es de la computadora o del usuario? ¿Necesitarán los usuarios un nuevo tipo de licencia y un seguro obligatorio para poder utilizar una prótesis?

Afortunadamente hay precedentes para abordar la responsabilidad cuando la biología y la tecnología fallan. Por ejemplo, el conocimiento creciente sobre la genética humana propició intentos para descartar la responsabilidad criminal con base en la idea errónea de que los genes predeterminan las acciones. Esos intentos no prosperaron y tampoco es probable que las investigaciones de la neurociencia cambien nuestros puntos de vista sobre el libre albedrío y la responsabilidad.

Además, los seres humanos manejan con frecuencia herramientas peligrosas e impredecibles, como los automóviles y las armas. Las interfaces cerebro-máquina representan un caso muy sofisticado de utilización de herramientas, pero son sólo eso. No debería ser mucho más difícil atribuir responsabilidades jurídicas.

Pero, ¿qué sucede si las máquinas modifican el cerebro? Las evidencias resultantes de los primeros experimentos de estimulación cerebral que se llevaron a cabo hace medio siglo indican que enviar una corriente al cerebro puede causar cambios de la personalidad y alterar el comportamiento. Y si bien muchos pacientes con enfermedad de Parkinson reciben beneficios significativos de la estimulación cerebral profunda, este método ha mostrado una mayor incidencia de efectos perjudiciales serios, como afecciones psiquiátricas y del sistema nervioso y una tasa de suicidios más elevada. Algunos estudios de caso revelaron hipomanías y cambios de la personalidad de los que no se percataban los pacientes y que alteraban las relaciones familiares antes de que se reajustaran los parámetros de la estimulación.

Esos ejemplos ilustran los posibles efectos graves de la estimulación cerebral profunda, pero también puede haber consecuencias más sutiles. Incluso sin estimulación, los dispositivos que únicamente registran, como las prótesis motoras controladas por el cerebro, pueden alterar la personalidad del paciente. Será necesario enseñar a los pacientes a generar las señales neuronales adecuadas para controlar la prótesis. Hacerlo podría tener ligeros efectos sobre el estado de ánimo y la memoria o afectar el control del habla.

Sin embargo, eso no plantea un problema ético nuevo. Los efectos secundarios son comunes en la mayoría de las intervenciones médicas, incluyendo los tratamientos con medicamentos psicoactivos. Por ejemplo, en 2004, la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos ordenó a los fabricantes que incluyeran advertencias en algunos antidepresivos sobre el aumento a corto plazo del riesgo de suicidio en los adolescentes que los utilizaran y exigió una mayor supervisión de los jóvenes cuando comenzaran a tomarlos.

Se necesitarán salvaguardas similares en el caso de las prótesis neuronales, incluso en las investigaciones. El enfoque clásico sobre la ética biomédica es ponderar los beneficios para el paciente frente a los riesgos de la intervención y respetar las decisiones autónomas de los pacientes. Ninguna de las nuevas tecnologías requiere una modificación de ese enfoque.

Sin embargo, la disponibilidad de esas tecnologías ya ha comenzado a crear fricciones. Por ejemplo, muchos sordos han rechazado los implantes cocleares porque consideran que la sordera no es una incapacidad que deba corregirse, sino parte de su vida y de su identidad cultural. Para ellos, los implantes cocleares son una mejora que va más allá del funcionamiento normal.

Para hacer la distinción entre mejora y tratamiento se requiere definir normalidad y enfermedad, lo que es particularmente difícil. Por ejemplo, Christopher Boorse, un filósofo de la Universidad de Delaware, define la enfermedad como una desviación estadística del “funcionamiento típico de la especie”.

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Desde este punto de vista, los implantes cocleares no parecen problemáticos éticamente. No obstante, Anita Silvers, una filósofa de la Universidad Estatal de San Francisco, académica y activista en materia de discapacidad, ha descrito esos tratamientos como “la tiranía del normal”, orientada a adaptar a los sordos a un mundo diseñado por los oyentes, lo que a fin de cuentas implica que la sordera es inferior.

Debemos tomar con seriedad esas preocupaciones, pero eso no debe ser un impedimento para seguir llevando a cabo investigaciones sobre las interfaces cerebro-máquina. Las tecnologías cerebrales deben presentarse como una opción, pero no como la única solución para, digamos, la parálisis o la sordera. En esta y en otras aplicaciones médicas, estamos bien preparados para abordar las cuestiones éticas en paralelo y en colaboración con las investigaciones de la neurociencia.