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Hacia una ONU apta para la democracia

La guerra de Irak dio candente actualidad a la pregunta acerca del orden internacional, en particular en lo que concierne al papel de la ONU. Muchos consideran que su función de garante de la ley y la legitimidad internacionales es evidente en si misma y ahora argumentan que su estatura, afectada por la invasión encabezada por EEUU, se debe recuperar rápidamente si es que el imperio de la ley ha de prevalecer a nivel internacional.

Para para ser un foco genuino de legitimidad internacional, la ONU debe convertirse en una organización diferente, que esté segura de su propia capacidad de funcionamiento sin los interminables retrasos, vetos, indecisión y falta de voluntad para asegurar el respeto a sus decisiones.

La ONU nació como una comunidad de naciones comprometidas con la protección y promoción de los valores que representaban el núcleo de la lucha contra el fascismo y el nazismo. En su origen, era un club de países más bien exclusivo, ya que su Carta estaba firmada por sólo 50 estados. De hecho, el Artículo 53 de la Carta definía a los países del ex Eje fascista como a "estados enemigos" de la ONU, de modo que Italia debió esperar hasta 1955 para convertirse en miembro. Japón se unió sólo en 1956 y Alemania, en 1973.

La Carta de la ONU era, sobre todo, un manifiesto de naciones comprometidas con la libertad y la justicia. También contenía una serie de objetivos políticos específicos : descolonización y autodeterminación de los pueblos, progreso social y la promoción de derechos humanos fundamentales. Pero con el surgimiento de la Guerra Fría y el movimiento de países no alineados, la realización de las intenciones de los padres fundadores de la ONU se vió cada vez más lejana. De hecho, hoy estamos tan lejos del espíritu original de la Carta de la ONU que parece normal que las dictaduras juzguen a las democracias y que Libia encabece la Comisión de Derechos Humanos.