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Que la cultura cuente

Las constituciones expresan la historia, cultura, valores y convicciones políticas de una comunidad. La Constitución para Europa que se está escribiendo actualmente no es la excepción. No puede crear los lazos comunes que definen a Europa y la mantienen unida. Sólo puede reflejarlos y obtener de ellos su vitalidad.

Hoy, sin embargo, las fuerzas aglutinantes que han mantenido a Europa unida durante dos generaciones han perdido parte de su fuerza (sino es que toda). Desde la caída de la Unión Soviética, la paz y la libertad se dan más o menos por hecho. La integración económica ha avanzado tanto que un regreso a las rivalidades nacionales que llevaron dos veces al continente a la guerra suicida es impensable.

También la búsqueda de riqueza de la posguerra ha perdido mucho de su atractivo. En Alemania y otros Estados miembros, el crecimiento económico ya no parece seguro. Los ciudadanos ven cada vez con mayor cautela la idea del progreso económico y social. El debate público subraya, más bien, la necesidad de restringir las actividades gubernamentales y de reducir las transferencias sociales.

La ampliación de la Unión Europea de 15 a 25 miembros significará que durante décadas los europeos tendrán que vivir con mayores desigualdades materiales. Claro que siempre han existido niveles de vida menores entre el este y el oeste de Europa. Durante la división del continente a lo largo de la Guerra Fría, esa brecha se amplió considerablemente. Con la ampliación, esas diferencias ya no se podrán ocultar.