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La ciencia económica no mejorará hasta que amplíe su visión

NUEVA YORK – La profesión económica recibió un duro golpe cuando sus principales representantes fueron mayoritariamente incapaces de predecir la crisis financiera global de 2008; y desde entonces no termina de recuperarse. Además del crecimiento inusualmente lento y desigual de los años que siguieron a la debacle, hoy hay una lista creciente de fenómenos económicos y financieros a los que los economistas no encuentran explicación.

Como la reina Isabel II, que en noviembre de 2008 preguntó por qué nadie supo anticipar la crisis, muchos ciudadanos descreen cada vez más de la capacidad de los economistas para explicar y predecir hechos económicos, por no hablar de ofrecer recomendaciones razonables a las autoridades. En algunas encuestas, los economistas figuran entre los profesionales menos confiables (después de los políticos, por supuesto, que ahora tampoco confían en los economistas). Una sólida formación económica ya no se considera requisito obligatorio para ocupar altos puestos en ministerios de finanzas y bancos centrales. Esta marginación redujo todavía más la capacidad de los economistas para informar e influenciar la toma de decisiones en cuestiones relacionadas directamente con su área de conocimiento (o lo que ellos denominarían su ventaja comparativa y absoluta).

Una de las principales razones de la pérdida de reputación de la economía ha sido su excesiva confianza en ortodoxias autoimpuestas. Si se abriera más a enfoques interdisciplinarios y usara más las herramientas analíticas disponibles, en particular las ofrecidas por la ciencia conductual y la teoría de juegos, la economía convencional podría empezar a superar sus falencias.

Tres hechos recientes subrayan la urgencia de este desafío. En los doce meses transcurridos entre las reuniones anuales del Foro Económico Mundial de 2018 y 2019 en Davos, los asistentes pasaron de celebrar una recuperación global sincronizada del crecimiento a temer una desaceleración global sincronizada. A pesar del deterioro de las perspectivas de crecimiento en Europa, no parece haber motivos económicos o financieros que justifiquen ni la magnitud ni la rapidez del cambio de opinión general, lo que hace pensar que tal vez los economistas diagnosticaron mal las condiciones iniciales.

La segunda cuestión preocupante es la política monetaria. Los economistas profesionales todavía no se han expresado con claridad suficiente respecto de los problemas de la estrategia de comunicación de la Reserva Federal de los Estados Unidos, pese al hecho de que incluso un pequeño traspié como el del último trimestre del año pasado puede provocar brotes de inestabilidad financiera con riesgo para el crecimiento. En vez de eso, siguieron suscribiendo la idea actual de que cuanto más transparente sea la Fed, mejor.

Hemos recorrido un largo camino desde los tiempos del “Fedspeak” del expresidente de la Fed, Alan Greenspan, ese estilo comunicativo deliberadamente ambiguo (o como le decía él: “balbucear incoherencias”). Ahora el problema es otro: la ilusión de precisión. A cada reunión de política monetaria, ahora la Fed la acompaña con declaraciones, minutas, transcripciones, gráficos de dispersión de estimaciones y una conferencia de prensa, con lo que transmite a los mercados la idea de que tiene un nivel de sofisticación que es escasamente realista en un mundo cambiante y cada vez más incierto.

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En vez de seguir dando por válida esta idea de que más es mejor, los economistas deberían alentar a la Fed a adoptar un enfoque más similar al del Banco de Inglaterra, que le da más importancia al análisis de escenarios y a los gráficos de abanico. También podrían esforzarse más en informar –e incluso influenciar– el proceso de revisión de las políticas y estrategias de comunicación de la Fed. Al fin y al cabo, la literatura económica sobre el tema de la información asimétrica sugiere que un aporte mayor de economistas externos a las decisiones de la Fed es a la vez adecuado y necesario para que las políticas tengan resultados óptimos.

La tercera cuestión preocupante es el conflicto comercial sinoestadounidense, que por su naturaleza política es más controversial. Hasta ahora, la inmensa mayoría de los economistas repitieron el argumento convencional de que los aranceles (reales o como amenaza) siempre perjudican a todos. Pero al hacerlo, ignoraron investigaciones de sus propios colegas que muestran que aunque el comercio internacional promete grandes beneficios, estos pueden verse reducidos por imperfecciones institucionales y de los mercados. Para hacer una contribución productiva al debate había que analizar la cuestión en un nivel más profundo, aplicando herramientas de la teoría de juegos para distinguir entre el “qué” y el “cómo” de las guerras comerciales.

Son sólo tres ejemplos recientes de fracasos de los economistas. A esto hay que sumar los problemas que tienen para explicar las últimas tendencias en productividad, las consecuencias de la desigualdad creciente, el impacto de la persistencia de tipos de interés negativos en la eurozona, los efectos a más largo plazo de otras medidas de política monetaria no convencionales (amplificadas por el último cambio de rumbo del Banco Central Europeo) y la repentina desaceleración del crecimiento en Europa. Tampoco fueron capaces de prever el culebrón del Brexit y la explosión política de furia y alienación que atraviesa todo Occidente.

Todo esto era previsible, dado el apego de los economistas a supuestos teóricos simplistas y su excesiva confianza en técnicas matemáticas donde es más importante la elegancia que la aplicabilidad al mundo real. La economía convencional dio demasiado peso analítico a la condición de equilibrio, y en general descuidó la importancia de las transiciones y de los puntos de inflexión, por no hablar de escenarios con múltiples equilibrios. Y los economistas han desestimado una y otra vez los vínculos financieros, las enseñanzas de la ciencia conductual y fuerzas seculares y estructurales en veloz evolución como la innovación tecnológica, el cambio climático y el ascenso de China.

Todo esto debería ser para los economistas señal de que hay mucho por mejorar, y de que deben adoptar una metodología analítica más amplia que tenga en cuenta las interacciones humanas, los efectos distributivos, los mecanismos de retroalimentación entre la economía y las finanzas, y el cambio tecnológico. Pero no se trata simplemente de elaborar nuevos modelos analíticos dentro de la economía, sino que también hay que incorporar ideas tomadas de otras disciplinas a las que los economistas no han prestado suficiente atención.

Es hora de ampliar la mirada de una disciplina que lleva mucho tiempo dominada por sus “sumos sacerdotes”. Eso implica reconocer y resolver sesgos inconscientes, y sobre todo hacer un esfuerzo decidido para mejorar la inclusión y la diversidad dentro del campo. También implica prestar más atención a enfoques interdisciplinarios y a los efectos distributivos, y menos a la pureza de los modelos matemáticos, las condiciones promedio y la parte central de las distribuciones. Esos cambios estructurales demandarán más y mejores “zonas protegidas” intelectuales e institucionales que permitan manejar las disrupciones analíticas y canalizarlas en direcciones productivas.

De no mediar cambios significativos, la economía convencional seguirá dos pasos atrás de los acontecimientos, y los economistas correrán riesgo de perder más credibilidad e influencia. En una era de temor al cambio climático, agitación política y disrupción tecnológica, la economía convencional debe resolver urgentemente sus falencias.

Traducción: Esteban Flamini

http://prosyn.org/2OiB0Wi/es;

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