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El Reino desconcertado

LONDRES – Durante los tres años de agitación política en el Medio Oriente, desde el inicio de la “Primavera Árabe”, Arabia Saudita ha tratado de mantener su estatus dominante en la región, a toda costa. En el año 2013, la familia real saudí buscó aliados en la región, y fue en la búsqueda de reinstaurar – tal como lo hizo en el caso de Egipto – en el poder a sus antiguos aliados. El Reino también utilizó su vasta riqueza petrolera para generar el tipo de la estabilidad regional que le había sido familiar durante décadas.

Para el alivio de la familia real saudí, la Primavera Árabe no dio lugar a la instauración de democracias funcionales en Túnez, Egipto, Yemen, Bahréin, Libia o Siria. Mejor aún, desde su perspectiva, los regímenes islamistas que surgieron demostraron ser fundamentalmente incompetentes, y por lo tanto pudieron ser fácilmente derrocados (como en el caso del gobierno del presidente Mohamed Morsi en Egipto), o simplemente disfuncionales (como ocurrió en Túnez), y por dicha razón no se tornaron en un modelo atractivo para otros países.

Aún así, las revoluciones de la Primavera Árabe, en los hechos, socavaron fundamentalmente los pilares del antiguo sistema regional con el que el Reino se sentía tan cómodo. Se expulsó a sus viejos aliados de confianza, como fue el caso de Hosni Mubarak en Egipto, y de Zine El Abidine Ben Ali de Túnez (quien ahora se encuentra oculto en Riad), y convirtió a los regímenes que en su tiempo se podían considerar como tolerables, como por ejemplo el régimen de Bashar al-Assad en Siria, en sangrientos opositores.

La respuesta inicial de Arabia Saudita a la fractura de un sistema que había suscrito con petrodólares fue incrementar el apoyo a los de sus aliados que aún estaban en el poder – en Jordania, Líbano y Bahréin. Su siguiente paso fue asegurarse que el ejército egipcio retire del gobierno a la Hermandad Musulmana de Morsi en dicho país, haciéndose la burla de los Estados Unidos en el proceso.