17

¿Macron está perdiendo brillo?

GINEBRA – Emmanuel Macron está en una racha ganadora. En el lapso de un año, ha pasado de ser un personaje de la política con poca experiencia y todas las de perder, sin ningún respaldo del establishment, a convertirse en presidente de la República Francesa y líder de un partido político recientemente creado con una impresionante mayoría parlamentaria. ¿Podrá aguantar el ritmo?

Macron le debe su reciente éxito no sólo a la buena suerte, sino también a su capacidad para saber aprovechar cada golpe de suerte en el camino. En el caso de los votantes que no confiaban en el establishment político, se las ingenió para ofrecerles una opción atractiva que no exigiera una postura radical, ni de derecha ni de izquierda. Logró que lo vieran como un hábil desestabilizador de los populistas disruptivos.

El programa económico de Macron era particularmente inteligente, ya que respondía de manera impecable a más de una década de análisis de los males que afligen a la economía francesa. Se comprometió a liberar el mercado laboral, como todo el mundo sabe, anquilosado y aliviar una carga impositiva excesiva que sofoca la iniciativa comercial. También prometió achicar el estado poco manejable de Francia, que hoy gasta 57% del PIB por año, reduciendo las regulaciones engorrosas y racionalizando el sistema de bienestar caduco.

Después de su elección, Macron ratificó su reputación como una brisa de aire fresco, al conformar un gobierno compuesto por jóvenes de todo tipo de contexto -sin experiencia, tal vez, pero entusiastas e inteligentes-. Aquellos que desde hacía mucho tiempo venían lamentando la decadencia económica de Francia no podían creer el milagro que estaba cobrando forma ante sus ojos.

Pero las grandes expectativas pueden pregonar grandes desilusiones. Y las señales tempranas de la administración Macron son inquietantes. Si bien prometió que la reforma del mercado laboral está bien avanzada, y que podría ser adoptada inclusive en septiembre, el programa macroeconómico del gobierno, articulado por el primer ministro Édouard Philippe, es una desilusión importante.

Philippe ha anunciado que piensa recortar el gasto público apenas tres puntos porcentuales del PIB en cinco años. Ha pospuesto varios recortes impositivos inteligentes en favor del crecimiento, algunos hasta fines del mandato actual de Macron en 2022. Un par de días después, Macron cambió de vía y aceleró un poco algunos de esos recortes. Sin embargo, pretende llevar a cabo un incremento tributario general en 2018 que fue presentado como una compensación parcial a los recortes.

En defensa de esta estrategia, Philippe cita al controlador oficial de las cuentas nacionales, el Tribunal de Cuentas (Cour des Comptes), que ha difundido serios excesos presupuestarios para 2017 -resultado de falsas promesas electorales del presidente saliente, François Hollande-. Los recién llegados, por lo tanto, tienen que llevar de nuevo el déficit al 3% del PIB, como se les prometió el año pasado a los socios europeos de Francia. Es una cuestión de credibilidad, insiste Philippe.   

Sin embargo, complacer a los contables de Bruselas o Berlín amenaza con minar la incipiente recuperación económica de Francia -y, a su vez, el respaldo del nuevo presidente del país- en un momento en que se deben aprobar reformas importantes y, por momentos, poco populares. (En las circunstancias actuales, el PIB per capita está apenas ligeramente por encima de su nivel previo a la crisis, y el desempleo comenzó una lenta caída recién el año pasado). Los líderes europeos probablemente preferirían un poco de retraso del déficit a la pérdida de respaldo popular para el presidente pro-Europa de Francia, siempre que se reduzca el gasto público. 

Macron debe entender todo esto. ¿Por qué, entonces, está asumiendo semejante riesgo macroeconómico? Y, tal vez más importante, ¿es esto un indicio de cómo será el resto de su presidencia?

La interpretación más positiva supone que Macron ha decidido centrarse en reformas profundas y valientes, y al mismo tiempo abordar las cuestiones macroeconómicas con cautela, en la misma línea que sus antecesores, Nicolas Sarkozy y Hollande. Ambos, en un principio, rechazaron la austeridad para, finalmente, terminar adoptándola.

Pero Sarkozy y Hollande vieron cómo la aprobación de la opinión pública cayó precipitadamente después de que abrazaron la austeridad. ¿Macron piensa que su suerte continuará, generando, por ejemplo, una recuperación económica más fuerte de lo que se prevé actualmente? ¿O simplemente cree que está en una posición más fuerte para sobrevivir a resultados decepcionantes en materia de crecimiento y desempleo que sus antecesores? En otras palabras, ¿a Macron lo motiva la fe o la arrogancia?

La interpretación más inquietante de la toma de decisiones de Macron es que ya es presa de su propio gobierno. Los altos funcionarios franceses como los que él ha reunido tradicionalmente comparten dos características: son excesivamente cautelosos y no entienden demasiado de estrategia macroeconómica.

Por consiguiente, parece probable que muchos en la administración de Macron se tomen muy en serio los acuerdos europeos, inclusive demasiado en serio, y se sientan repelidos por la idea de fuertes recortes presupuestarios, porque su poder va de la mano del tamaño de la billetera que manejan. Si esta lectura es correcta, el gobierno francés seguirá siendo hipertrofiado y la carga impositiva, agobiante.

Pero existe una tercera posibilidad: Macron cree que, para promover su visión para la Unión Europea, debe actuar de manera impecable en el escenario europeo, cumpliendo con los estándares alemanes más estrictos. Esta estrategia sería razonable si Macron realmente tuviera una visión novedosa para la UE. Durante la campaña electoral, por lo general se limitó a retocar la visión francesa tradicional: un gobierno europeo común y un ministro de Finanzas de la eurozona, con un presupuesto separado para financiar la inversión pública.

La mayoría de los otros países de la UE ya han rechazado esa visión, y muchos creen que ni siquiera la propia Francia aceptaría las transferencias de soberanía que implicarían esas reformas. En cualquier caso, la UE hoy no está en condiciones de poder discutir ese tipo de medidas radicales, ya que su principal prioridad todavía debe ser corregir la regulación excesiva, y una política inmigratoria vacía.

El rápido ascenso de Macron reflejó su capacidad para decir lo correcto en las circunstancias correctas. Pero también implicó que se instaló en el Palacio del Elíseo sin haber demostrado realmente quién es. Es de esperar que resulte ser el hombre que reflejaba ese programa económico bien pensado en base al cual hizo campaña, y no el hombre que reflejan sus políticas macroeconómicas desde que asumió el poder.