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El bautismo de fuego de Lula

Con su sorprendente victoria en la segunda ronda de las elecciones presidenciales que se llevó a cabo el domingo en Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva (Lula) finalmente logró su objetivo después de cuatro intentos. Descartado al inicio de la contienda como el perdedor eterno, Lula dejó perplejos a sus críticos dirigiendo una campaña profesional que obtuvo apoyos provenientes de todo el espectro político.

En esto le ayudó el deslucido desempeño de su principal oponente, José Serra, quien no logró aprovechar los logros considerables del presidente saliente, Fernando Henrique Cardoso. En un país mancillado por la injustica social y la distribución del ingreso más desigual del mundo, la victoria de Lula es un logro asombroso dados sus orígenes humildes y su pasado sindical.

Sin embargo, gobernar no será más fácil que obtener el cargo. El Partido de los Trabajadores (PT) al que pertenece Lula está en minoría en ambas cámaras del congreso. Sus aliados naturales de otras organizaciones de izquierda no le alcanzan a dar la mayoría. No obstante, el PT es el partido más numeroso y el más disciplinado en la cámara baja.

Esa disciplina importa, porque gobernar en Brasil siempre ha implicado la formación de coaliciones. Lula se enfrentará a una situación similar a la del presidente Cardoso, cuyo Partido Socialdemócrata (PSDB) logró legislar a lo largo de ocho años sobre la base de coaliciones entre partidos que desde fuera parecían altamente inestables. El control sobre su partido le ayudará a alcanzar los arreglos que tendrá que hacer con otros partidos para poder gobernar con eficacia.