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Lula y la política del precipicio

Dos semanas después de su triunfo, la resonante victoria electoral de Luiz Inácio "Lula" da Silva en Brasil sigue generando recelo en la derecha y generando expectativas entre los largamente descorazonados izquierdistas latinoamericanos. Su triunfo refleja tanto los símbolos como las realidades de la América Latina de hoy. Simboliza la impaciencia de los votantes, que ven que los problemas crónicos siguen sin ser resueltos, y pone en relieve la creencia generalizada de que los gobiernos de derecha son crónicamente corruptos. A medida que disipan el humo de la celebración de la izquierda y el coro de lamentos de la derecha, aparecen con más claridad los límites de lo que Lula puede y no puede hacer.

No hay duda: en América Latina los últimos diez o doce años representaron un momento crucial para la democracia en la región. En casi todos los países se celebraron elecciones honestas que dieron paso a una generación completamente nueva de actores políticos.

Más aún, presidentes y ex presidentes fueron a parar a la cárcel o fueron interrogados por hechos de corrupción en Argentina, Venezuela y Brasil, así como en las pequeñas repúblicas centroamericanas. Sin embargo, en todo este tiempo los nuevos actores políticos y los viejos partidos de la izquierda no han podido articular una propuesta social y económica alternativa que sea coherente y pueda competir con el programa liberal predominante.

Una razón de este fracaso es el hecho de que los partidos políticos de toda América Latina se encuentran divididos y en estado de decrepitud. En Centroamérica, se fragmentan continuamente en facciones cada vez más pequeñas que luchan por puestos de autoridad insignificantes y representaciones irrelevantes.