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Los diarios de Blatterball

LONDRES – La Copa del Mundo ha concluido con su fanfarria habitual y gran parte del mundo, como suele suceder, no pudo evitar verse atrapado en la emoción de todo el evento -exactamente lo que Sepp Blatter quiere-. Blatter, el presidente de la FIFA, el ente organizador del Mundial, quiere que el brillo de un mes de juego emocionante corra un tupido velo sobre la corrupción y los acuerdos en bambalinas -y, más recientemente, el escándalo de las entradas- que han enturbiado su gestión.

Corrían otros tiempos en 1998, cuando Blatter asumió su cargo. Los medios sociales no existían, e Internet todavía no se había convertido en un canal de difusión de las opiniones de quienes no tienen ni voz ni voto. Por otra parte, la cultura del activismo accionarial y la responsabilidad social empresaria tampoco eran tan fuertes como lo son hoy. Como pudieron comprobar BP, GM y el Royal Bank of Scotland, el mundo está observando y hablando, y ya no está dispuesto a aceptar la vieja manera de hacer negocios.

La FIFA tiene dos problemas. Uno es el franco incumplimiento de las prácticas empresariales aceptadas. Los supuestos delitos van desde el arreglo de partidos y los sobornos entre miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA hasta cuestionamientos sobre cómo se eligió a Qatar para ser sede de la Copa del Mundo en 2022.

El segundo problema podría decirse que es más grave, ya que tiene consecuencias: el daño que el comportamiento antiético le ha infligido al ideal del juego limpio. Cuando la gente ve que una institución relacionada con algo por lo que siente pasión no cumple con reglas simples de manera tan descarada, pierde la fe no sólo en esa institución sino también en la idea de que la buena gobernancia es posible. El mensaje que se envía, y se recibe, es que algunas instituciones -de todo tipo- son inmunes al escrutinio y pueden regirse por sus propias reglas.