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Hay que voltear hacia el Este para salvar el mercado social europeo

A medida que se acerca la ampliación de la UE, muchos europeos sólo ven cosas que los alarman: masas de migrantes económicos, y países pobres en busca de subsidios. Pero, como sugiere Jacques Rupnik, los nuevos miembros orientales también pueden actuar como una guía para la Unión.

Se dice con frecuencia que el modelo social y económico de Europa continental, que busca combinar la competitividad con la solidaridad, es el cemento que mantiene unida a la Unión Europea, y que distingue al continente del modelo estadounidense (o anglosajón) de libre mercado. Es claro que la respuesta europea a los retos de la globalización consiste en que ciertas esferas de la vida social (digamos, la atención a la salud, la educación, el medio ambiente o la cultura) no se pueden dejar al capricho del mercado.

A primera vista, pareciera que la integración europea de la posguerra avanzó de manera paralela con el desarrollo del Estado de bienestar. Pero eso es engañoso: el modelo social europeo es, de hecho, parte integral de la identidad de los Estados miembros de la UE, más que de la UE misma.

En efecto, hay quienes afirman que la UE a menudo actúa para erosionar el Estado de bienestar. Este temor contribuyó sin duda a la renuencia de países como Dinamarca y Suecia a aceptar una mayor integración europea. En ambos países, las mayorías votaron en contra de la adopción del euro porque temían que las normas y derechos de la seguridad social se verían afectados.