trump xi jinping NICOLAS ASFOURI/AFP/Getty Images

La larga guerra comercial chino-estadounidense

MILÁN – Algunos observadores interpretan que la guerra comercial iniciada contra China por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, es una táctica de negociación dura, que está dirigida a obligar a los chinos a cumplir con las reglas de la Organización Mundial de Comercio y las normas occidentales de hacer negocios. Este punto de vista sostiene que, una vez que China cumpla con por lo menos algunas de las demandas de Trump, se restablecerá el compromiso económico mutuamente beneficioso entre estos dos países. No obstante, existen muchas razones para dudar de un escenario tan benigno. La larga guerra comercial entre China y Estados Unidos es realmente una manifestación de una colisión fundamental de dos sistemas.

Ya se hace claramente visible el impacto adverso de los aranceles ‘toma y daca’ que impusieron las dos partes – y, especialmente, se visibiliza la incertidumbre que dichos aranceles engendran. Para China, los efectos psicológicos son mayores que el impacto comercial directo. Los valores bursátiles chinos han disminuido en un 30% desde que comenzó el conflicto, y se esperan nuevas caídas. Debido a que la deuda respaldada por valores bursátiles se emitió a favor del sector corporativo altamente endeudado, la caída en los precios de los valores bursátiles ha desencadenado llamados para que se constituyan garantías adicionales, y se ha forzado a que se realicen ventas de activos, lo que a su vez ejerce una mayor presión a la baja sobre los precios de los valores bursátiles.

Con el fin de poner un límite a un rebasamiento negativo – es decir para limitar que los precios transitorios de los valores bursátiles sean menores que el valor final de los mismos – los responsables de la formulación de políticas de China se han dedicado a alabar la fortaleza de los mercados de renta variable, y, paralelamente, procedieron a apuntalar y ampliar los canales de crédito para el sector privado, en especial para las pequeñas y medianas empresas, mismas que, a diferencia de las corporativas, están sanas y son sujetos solventes de crédito; además, ellas son empresas que permanecen en desventaja con relación a sus contrapartes de propiedad estatal. Queda por verse si el gobierno intervendrá directamente en los mercados de valores de renta variable.

Pero, más allá de los riesgos a corto plazo, se hace cada vez más probable que la guerra comercial tenga consecuencias significativas a largo plazo, las que afectaran a la propia estructura de la economía mundial. El orden multilateral basado en normas ha sido respaldado durante mucho tiempo por el supuesto de que el crecimiento y el desarrollo llevarán a China a acoger una gobernanza económica de estilo occidental. Ahora que esa suposición en gran medida se ha derrumbado, es probable que enfrentemos un período prolongado de tensión debido a los distintos abordajes respecto al comercio, la inversión, la tecnología y el papel del Estado en la economía.

Si bien los gobiernos occidentales tienen la tendencia a minimizar su intervención en el sector privado, China enfatiza el control estatal sobre la economía, lo que conlleva implicaciones de gran alcance. Por ejemplo, los subsidios son difíciles de detectar en el sector estatal, pero hacerlo es de crucial importancia para mantener lo que se consideraría en Occidente como un terreno de juego nivelado, es decir uno donde todas las partes puedan desenvolverse en condiciones justas e igualitarias, que no den ventajas a ninguna de las partes.

Además, con frecuencia la inversión extranjera directa china es llevada a cabo por empresas de propiedad estatal y, por lo tanto, se la empaqueta junto con la ayuda externa – un abordaje que puede poner a las empresas con sede en Occidente en desventaja a momento de presentarse a licitaciones para obtener contratos en países en desarrollo. Debido a que China carece de alguna forma o versión de la Ley de Estados Unidos sobre Prácticas Corruptas en el Extranjero (FCPA), China también está dispuesta a canalizar Inversión Extranjera Directa (IED) hacia entidades y países con los que las empresas estadounidenses podrían deliberadamente evitar relacionarse. 

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Asimismo, se debe considerar lo que ocurre con Internet. A pesar de tener objetivos comunes con respecto a la privacidad de los datos y la seguridad cibernética, Estados Unidos y China tienen regímenes regulatorios muy distintos, conformados, una vez más, por ideas contradictorias sobre cuál es el papel apropiado que debe desempeñar el Estado.

En el frente tecnológico, China también continuará esforzándose por la consecución de su estrategia “Hecho en China 2025", cuyo objetivo es poner al país en la frontera mundial en ámbitos que sus líderes consideran esenciales, tanto para el crecimiento económico como para la seguridad nacional. Si bien las políticas cada vez más agresivas de Estados Unidos con respecto al comercio, la inversión y la transferencia de tecnología pueden demorar este proceso, China logrará sus objetivos invirtiendo fuertemente en investigación y desarrollo, difusión de tecnológica y capital humano.

Teniendo en cuenta la competencia estratégica más amplia entre China y Estados Unidos – ahora exacerbada por la guerra comercial en curso – no deberíamos esperar un regreso a alguna variante del orden basado en reglas posterior a la Segunda Guerra Mundial, mismo que se fundamenta en valores y sistemas de gobierno occidentales. El orden mundial podría llegar a definirse menos por sus normas compartidas y más por un equilibrio en los poderes económicos, tecnológicos y militares.

Por ejemplo, es probable que haya restricciones más estrictas a la transferencia de tecnología e inversión, debido principalmente a consideraciones de seguridad nacional. Los países también pueden ir tras el logro de una mayor autosuficiencia económica, lo que conlleva importantes implicaciones para el comercio y las cadenas de suministro y el comercio a nivel mundial.

Aún puede ser posible llegar a tener alguna versión de un sistema multilateral abierto; mismo que, para los países más pequeños y/o más pobres, es de vital importancia. Sin embargo, tal sistema tendrá que sopesar consideraciones de equilibrio de poder con relación a Estados Unidos y China; y, potencialmente, con relación a otras economías importantes, como, por ejemplo, la Unión Europea y la India.

En un mundo donde los modelos de gobernabilidad de los principales actores divergen considerablemente, diseñar un sistema viable será un gran desafío. Existe un riesgo real relativo a que los países más pequeños terminen viéndose obligados a elegir entre dos esferas de influencia incompatibles.

Ya que el gobierno de Trump carece de entusiasmo por el multilateralismo de cualquier tipo, y debido a que posiblemente aún persiste la esperanza de poder preservar el antiguo orden multilateral, nadie se está esforzando, en cualquier grado, para intentar desarrollar alternativas factibles. Lo que sí ha hecho recientemente el gobierno estadounidense es revertir su postura negativa en cuanto a la ayuda externa, presumiblemente como respuesta a la inversión masiva que lleva a cabo China en los países en desarrollo.

Si los gobiernos van a participar en guerras comerciales, deberían tener una visión clara y pragmática de dónde quieren terminar. Tal como están ahora las cosas, China tiene una postura firme e inquebrantable en asuntos territoriales y en aquellos relativos al papel central que desempeña el Partido Comunista de China en la economía, así como en su objetivo de alcanzar, o superar, a Estados Unidos tecnológicamente. Pero, Estados Unidos no parece haber decidido exactamente por qué está luchando esta guerra.

Por supuesto, se puede discernir con facilidad muchas posibles razones para justificar esta guerra. Estados Unidos quiere reducir el déficit comercial bilateral y repatriar los empleos manufactureros. Para lograr esto, quiere que China elimine los subsidios, la transferencia obligatoria de tecnología y otras formas de “hacer trampa”, quiere además que se nivele el campo de juego para los inversores extranjeros en el mercado chino; e, incluso quiere que China adopte más prácticas de gobierno de estilo occidental. De manera crucial, Estados Unidos también desea conservar su superioridad tecnológica y militar.

Sin embargo, aún no está claro hasta qué punto es negociable cualquiera de estos objetivos. Como resultado, la guerra comercial parece no ser tanto una táctica de negociación dura, sino que parece ser más un juego de adivinanzas en torno a una lista de deseos. Esto prolongará el conflicto, disminuirá aún más la confianza y, a largo plazo, hará que sea más difícil restablecer cualquier semblanza de cooperación mutuamente beneficiosa, lo que implica consecuencias significativas de largo plazo para la economía mundial.

Traducción de Rocío L. Barrientos.

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