0

Viviendo bajo ocupación

Cuando oigo a estadounidenses como la consejera de seguridad nacional de los EU, Condoleeza Rice, comparar la ocupación de Iraq con la de Alemania (y a veces con la de Japón) después de la Segunda Guerra Mundial, me inundan recuerdos lejanos, porque como niño yo tuve esa experiencia. En efecto, en los doce meses que siguieron a la rendición incondicional del régimen nazi de Hitler en mayo de 1945, yo viví bajo ocupación rusa, estadounidense y británica. A veces creo que soy un experto en estudios comparativos sobre ocupación.

La primera conclusión que obtuve de esas experiencias es la siguiente: todo depende de quién sea la potencia que lleve a cabo la ocupación. Cuando las tropas soviéticas invadieron Berlín a finales de abril de 1945, muchos de nosotros salimos a las calles a darles la bienvenida. Ese entusiasmo no duró mucho. Un día, tanques del Ejército Rojo enfilaron desde la calle principal de nuestro barrio hacia la muchedumbre. Cuando la gente se dispersó, los soldados comenzaron a saquear y a violar. Esto duró apenas unos días, pero nunca perdimos el miedo a los ocupantes rusos, ni aun cuando comenzaron a repartir alimentos y establecieron una administración rudimentaria. Pronto fue evidente que de hecho estaban creando otra dictadura en lugar de la que habían eliminado.

En julio, cuando los estadounidenses sustituyeron a los soviéticos en nuestro distrito de Berlín, las cosas cambiaron. Es cierto que mi amado reloj (que yo había salvado milagrosamente durante las semanas de ocupación soviética) me lo quitó un soldado estadounidense cuando regresaba de la escuela a mi casa. Pero pronto vimos que esta ocupación ofrecía esperanzas de un mejor futuro.

Esto se hizo aún más evidente cuando pocos meses después mi familia se mudó de Berlín a Hamburgo, que entonces estaba bajo ocupación británica. De pronto, la no convivencia con alemanes (la regla estadounidense) quedó sustituída por contactos frecuentes orientados a la reeducación, sobre todo de los jóvenes. En esos meses se plantó la semilla de mi conversión a todo lo que fuera británico, que décadas más tarde floreció al convertirme en ciudadano de ese país.