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De tal palo, tal astilla

LONDRES – “El enemigo de ayer es el amigo de hoy... fue una verdadera guerra, pero esos hermanos son hombres libres ahora”. Así habló Saif el Islam el Gadafi en marzo de 2010, refiriéndose a los dirigentes del Grupo de Combate Islámico Libio (GCIL), organización armada que había intentado asesinar a su padre, Muamar el Gadafi, en tres ocasiones a medidos del decenio de 1990.

Puede parecer sorprendente. Hace unos días, el mismo hombre prometió a los libios un “mar de sangre”, si se derribaba el régimen de su padre. De hecho, Saif el Islam, elegante licenciado de la London School of Economics que habla con voz suave, ha pasado a ser ahora un sospechoso principal de crímenes en masa contra la Humanidad.

A personas como yo, que estudiamos las tácticas de las dictaduras árabes y las causas de su persistencia, nos extraña menos –por no decir nada– este nuevo cariz de los acontecimientos. Los regímenes autoritarios árabes, a diferencia de otros que han dado paso a la democracia, no pueden autorreformarse; sin embargo, han dominado las tácticas necesarias para prolongar la duración de sus envejecidos despotismos.

La creación de un aparato de seguridad con cabeza de hidra, el asesinato en masa de oponentes (tanto reales como imaginarios), la tortura generalizada y una censura y una represión continuas son algunas de las tácticas comunes utilizadas por Gadafi, el ex Presidente egipcio Hosni Mubarak, el ex Presidente tunecino Zine el Abidine Ben Ali, el Presidente sirio Bashar el Assad y otros autócratas árabes.